LOS PASOS
POR KIKE FERRARI, ESCRITOR, PEON LÍNEA B
Hace meses que intento escribir sobre Beto. Eso es lo que hago. Escribo. Sobre cosas que invento y sobre cosas que pasan. Y nada pasó este año más fuerte que la muerte de Beto. Pero me sentaba frente a la pantalla o el cuaderno y nada. Borrar sin guardar o páginas tachadas. Había dos problemas: las primeras semanas sentía que, al tratar de pasar mis recuerdos y mis emociones a palabras, al pensar en las mejores herramientas para contarlo, estaba reduciendo a nuestro amigo y compañero a simple material narrativo. Y que eso no iba a dar cuenta de él, que le iba a bajar el precio a nuestro recuerdo y a nuestro dolor. Después me encontré con otro problema, el que tienen estas primeras líneas: Beto fue tan importante para mí, por tantos años, en tantos ámbitos de mi vida –político, cultural, afectivo– que, en vez de escribir sobre él, me encontraba escribiendo sobre mí.
Entonces recordé una anécdota que lo pinta de cuerpo entero, pero además habla de la relación que Beto construyó a través de los años con ese grupo de compañeros –Beto, Etcheto, el Facha, Virginia, César, Chato, el Tano Gervasi– que organizó primero el cuerpo de delegados y después nuestro sindicato.
Yo entré al subte un 8 de agosto. Fue un jueves. Nochero en la línea B. Pellegrini. Al poco tiempo fui a ver a Beto al sindicato. En qué podía ayudar. Con quienes. Que había que hacer,
–Cualquier cosa –me dijo–, preguntale a Virginia.
–¿Sobre qué?
–Sobre cualquier cosa, boludo –me chicaneó y se rio. Yo iba a entender el chiste con el tiempo: era gracioso porque era cierto.
Pero no es eso lo que les quiero contar.
Lo que les quiero contar pasó después, más de un año después, en mis primeros días como delegado.
Estábamos en su oficina, con la puerta cerrada, discutiendo sobre algo –no me acuerdo qué, pero seguro tenía razón– y Beto, ustedes lo recordaran tan bien como yo, además de hablar conmigo, jugaba Candy Crush, respondía mensajes de WhatsApp y hacía ese ruido irritante –crac-crac, crac-crac– con los dientes. Mientras tanto, del otro lado de la puerta, el sindicato hervía de actividad, conversaciones y gente yendo y viniendo. Ruido afuera, ruido adentro. Sin embargo, de pronto Beto interrumpió el crac-crac de los dientes y dijo:
–Ahí viene Virginia.
Pensé que estaba canchereando, como tantas veces.
–¿Cómo sabés?
Lo escribo y vuelvo a emocionarme. Es una de las escenas más conmovedoras que tuve ocasión de presenciar. La escena que resume a ese grupo inicial de los Metrodelegados. La relación especial que los unía a ellos dos. A menos que hubiera recibido un mensaje, Beto no tenía cómo saber. Pero compañeros quiere decir quienes comparten el pan. Camaradas, aquellos que comparten la vivienda. Y ellos dos –y los demás– habían compartido y lo siguieron haciendo hasta el último día, incluso más que eso.
Beto me miró por sobre sus anteojos, como si la respuesta fuera una obviedad.
–Porque le conozco los pasos, Kike.
Y esos pasos, que yo no escuchaba pero Beto sí, unos pasos que había aprendido a diferenciar de todos los demás pasos del mundo, los pasos de su amiga, su compañera, su camarada, aquella con la que inició el cuerpo de delegados y después nuestro sindicato, la persona a la que se le podía preguntar sobre cualquier cosa, se acercaron hasta llegar a la puerta, para que Virginia entrara y se sumara a la discusión.
En la que, casi seguro, tenía razón.

