CARTAS PARA BETO

Hasta la victoria siempre, capitán

Por Agustina Fortes, Guarda de la Línea A.

Pocas cosas son tan duras e injustas como la muerte. Con Beto solíamos hablar de eso con frecuencia.

—Espero no morirme por mucho tiempo. Y si sabés de alguien que pueda arreglar para que no me muera nunca, avisame que lo contrato —me dijo hace un tiempo.
—Muevo contactos para averiguar —respondí.

Ni vos pudiste cumplir tu palabra, ni yo la mía.

Una bacteria sin sentido rompió una promesa que debería haber sido eterna.

Entraste al hospital un fin de semana, zafando una vez más de algo que podría haber sido peor, para que una infección se metiera en tu cuerpo como un chiste del que todavía sigo esperando el remate.

Vos dirías que la muerte es así: uno nace y muere.

Yo te diría que no. Que hay gente que merece vivir para siempre.
Y me refiero a vos.

Logro tener un momento a solas con vos en el hospital para poder despedirme. Estoy más enojada que triste en ese momento. Enojada por lo absurdo de tu muerte, enojada porque te vi hace unos días, en el mismo hospital, y nada indicaba que este iba a ser el desenlace. Me enojo con vos, porque me dijiste que no te ibas a morir en mucho tiempo, y me siento engañada. Me enojo con la vida, que se llevó a mi persona favorita.

La última vez que nos vimos hablamos de cómo hay que vivir. Nos preguntamos qué significa la felicidad y cómo darle sentido a esa búsqueda. Sorprendentemente hablamos del amor y de cómo construirlo desde lo genuino del gesto, y no por la obligación o la idea de que es lo único que hay. Te aposté que la comida del hospital iba a ser pollo con puré y acerté.

—Harina, ¿me podés conseguir algo con harina? —le dijiste a la enfermera.

Me reí y me fui tranquila. Pensé que el Beto que conozco seguía intacto. Me relajé creyendo que todavía teníamos tiempo. Pensé que en unos días cumplíamos años y que, por primera vez, íbamos a poder estar en el festejo del otro porque no nos caían el mismo fin de semana.

Unos días después entendí que estaba equivocada.

En ese momento, el duelo se volvió colectivo.

Aparece la gente, el movimiento. Y la despedida ocurre donde tenía que ser: en el sindicato.

Hay tanta gente afuera y adentro que es imposible caminar. Intento entender si me toca estar al lado de mamá y despedirte como familia, o si me toca estar con mis compañeros y despedirte como trabajadora. Con el correr de la noche comprendo que de ambas maneras. Y no solo a mí: a todos.

Cuando me preguntan por qué te digo “Beto” y no “tío”, encuentro la respuesta justamente en esa doble pertenencia a la hora de llorarte. El tío es el hermano de uno de los padres. Y vos fuiste mucho más. Fuiste compañero, cómplice, referente. Supiste paternarme, acompañarme y guiarme.

Un día, cuando yo tenía quince o dieciséis años, me regalaste mi primer libro de García Márquez, autor que después fue mi favorito durante mucho tiempo. Ese gesto derivó, naturalmente, en que me regalaras la colección entera.

Cuando viste que me interesaba la política, me hiciste leer a Álvaro García Linera, para después sentarnos a comer y debatir las tensiones creativas de la revolución.

Permitiste que te robara libros cada vez que iba a tu casa, sabiendo que nunca más los ibas a ver, aunque yo te prometiera lo contrario.

Me llevaste a comer por cada rincón de Boedo y San Telmo, porque para vos no había nada mejor que Buenos Aires y la comida juntas.

Me felicitaste cuando te dije que iba a estudiar Ciencia Política y estuviste en cada paso de mi carrera.

Un día me llamaste para preguntarme si quería trabajar en el subte. Y me cambiaste la vida.

Y ahora entiendo: eso significaba Beto. No solo para mí, sino para el mundo.

Beto es un nombre propio que dice muchas cosas. Dice amigo, hermano, padre, compañero, trabajador. Pero, sobre todo, dice comunidad. Colectivo.

Muy pocas personas pueden leer el mundo y transformarlo, crear un imaginario social más justo y vivir cada día de sus vidas luchando por eso. Pero menos personas aún logran contagiar esas ideas. Vos pudiste. No solo las contagiaste: las multiplicaste.

Lo maravilloso no fue que la gente te siguiera, sino que nos hicieras tener ganas de pelear por aquello en lo que creemos. Nos enseñaste a alzar la voz sin perder la ternura.

Me doy cuenta, en ese mar de personas sobre la calle Carlos Calvo, de que no soy la única que se siente huérfana. Buenos Aires se detuvo un segundo porque se fue uno de sus mayores referentes.

Los trabajadores cortan la calle. Hay banderas de distintos colores y agrupaciones, colgadas en la puerta del sindicato y sobre tu cajón. Reconozco algunas: la lucha por el Bauen, SiPreBA, Palestina, el pañuelo del aborto. Se acercan amigos, artistas, compañeros. Todos a despedirte. Llegan coronas de flores que odiarías, pero hay un acierto indiscutible de mis compañeros: te envían una bostera. Me río por lo grasa y me enternezco por el gesto. La gente te conocía bien porque siempre fuiste una persona transparente.

La jornada es larga. A la mañana siguiente se repite. Llega más gente que no pudo estar la noche anterior. Se arma una caravana para acompañarte hasta Chacarita. Las banderas del sindicato te siguen en los autos y se alzan cuando llega el saludo final. Cada quien se acerca y se despide a su manera.

Lloro. Lloro porque no sé quién soy sin vos. Lloro porque me hiciste quien soy y siento que ahora tengo que estar a la altura de quien fuiste.

Si alguna vez pensé que sin vos me quedaba sola en el mundo, estaba equivocada. Hay un colectivo de personas que comparte este dolor. Me dejaste una red dispuesta a no bajar los brazos y llevarte presente cada día.

Me llena de orgullo saber que soy tu familia.
Pero más orgullo me da saber que soy parte de tu legado.

La lucha sigue en quienes te conocimos.

Hasta la victoria siempre, capitán Beto.


Por Agustina Ionno, Conductora Línea C.

Cuando entré a trabajar al subte me hicieron dos advertencias: “No digas cómo entraste” y “no te juntes con los Metrodelegados”. A las dos horas ya había hecho las dos.

Lo conocí cuando yo tenía apenas 20 años y rápidamente lo seguí en cada locura que me propuso.

Había algo en su tono de voz, en su paciencia para explicarte todo, en su risa, que hacía que compraras todo lo que te vendía. Ahora que no estás, lo admito: (casi) siempre tenías razón.

Me acuerdo patente esa noche en la casa de Virginia donde sin preámbulos y masticando pizza disparaste: “Tenemos que crear un sindicato”.

Nos reímos. Pero un rato después de escucharte explicar tu plan con tanta pasión y convicción hasta nos empezó a sonar razonable. Es que en tu voz todo parecía posible.

Horas y horas haciendo pines y fotocopias para salir a caminar la línea a convencer a la gente que firme un papelito para afiliarse a la nada misma, para afiliarse a un sueño, a tu sueño.

“Qué locura, era imposible”, pienso hoy mirando una multitud entrar y salir de Carlos Calvo 2365 para despedirte.

“Si tenés una mínima posibilidad de ganar, vos jugá”, me dijiste hace unos días.

Será por eso que aunque los pronósticos de los médicos decían que ya no había nada más que hacer todos nos aferramos al milagro. Es que, también, un poco te creímos inmortal.

“No sabemos dónde, en breve nos encontraremos”, dice la invitación a tu cumpleaños número 60.

En todos lados, Betito: en cada anécdota, en cada compañero, en cada lucha, en cada conquista, en cada risa y en este sentimiento de orfandad colectiva que nos hermana más que nunca.

Llevaremos tu risa y tus sueños como bandera.

Hoy los más jóvenes me preguntaron por vos: querían que les cuente quién eras y lo que habías hecho. Ahí entendí en qué habíamos fallado: en dar las cosas por sentado. En darte por sentado.

Te prometo que no me voy a cansar de hablar de vos, de contar quién fuiste y cómo nos devolviste la dignidad a los trabajadores del subte.

Un superhéroe de bermudas y ojotas que luchaba por la felicidad de las personas.

Gracias Beto. Gracias por ser mentor, un poco padre y amigo. Y gracias por dejarme ser parte de la increíble aventura que fue tu vida.


Beto, eterno

Por Cesar Osuna, Guarda Línea D.

Con la cabeza quebrada y el corazón roto, hoy mis palabras salen de mi corazón.

Hace 3 días que no entiendo nada, que me niego a caer de que fue verdad… Hace 3 días que siento un vacío raro, difícil de explicar y de asimilar, un hueco que me quedó y que nadie podrá rellenar jamás y no entiendo por qué.

Jamás fui tu amigo, no te llamaba todos los días y es más, no tenemos una foto juntos, ni una sola, y eso me lleva a preguntarme ¿por qué me dolés tanto? ¿por qué te lloré como no lloro nunca? ¿Por qué este vacío tan grande?

Y así como estoy, busco respuestas que solo me sirven a mí, que solo subsanan una parte de mi dolor y creo que, sin creer tener la verdad, que tu partida me rompió porque te debo gran parte de mi vida y vos ni enterado estabas, y yo recién hoy trato de enterarme.

A vos te debo el tener este trabajo, a vos te debo conocer a mis compañerxs y a mi compañera de vida, mis dos hijxs estuvieron en tu oficina, jugaron con tus hijos y pueden tener una vida digna gracias a vos.

Gracias a vos mi compañera hoy es trabajadora del subte, gracias a vos mis condiciones laborales me permiten disfrutar de mi familia como siempre lo soñaste y luchaste, gracias a vos entendí que la salida siempre es colectiva, que la clase trabajadora necesita derechos que le permitan vivir del trabajo y no vivir para trabajar, de vos aprendí que la única pelea que se pierde es la que se abandona y que se puede pelear todo sin desproteger a nadie, priorizando siempre a lxs tuyxs.

De vos aprendí que la política no es una mierda, y que el sindicalismo diferente es posible con un simple ejemplo… el tuyo.

Hoy con lágrimas en los ojos todavía, con toda la incertidumbre del mundo y deseando muy fuerte que solo sea un mal sueño, te agradezco, todo te agradezco.

Te sentiré en cada mariposa que se me acerque en momentos difíciles, te veré en mil lugares pensando que seguís acá o que simplemente pasaste a saludar, siempre pensaré qué hubieras hecho o qué pensarías en cualquier situación que se complique un poco para tener un segundo de claridad.

Llevaré tu bandera lo más alta que pueda, con orgullo y gratitud siempre tratando de estar a la altura de tus expectativas.

Hoy ya no estás con nosotrxs y duele, pero duele de la manera más hermosa que existe, duele empoderándonos más que nunca como creo que te hubiera gustado.

Mientras hoy todavía existen mierdas vivas, quiero que sepas con estas palabras que vos no pasaste desapercibido en nuestras vidas, que nos atravesaste a todxs, que construiste tu nombre solo con humildad y conciencia colectiva.

Querido Beto, vos no solo fuiste amigo o familia, fuiste, sos y serás eterno para nosotrxs.

Buen viaje querido Beto, te extrañaré cada día.


¿Y ahora qué?

Por Ariel Rocchieti.

La reciente pérdida de nuestro compañero Beto Pianelli, quien sobrevivió a un trasplante hepático casi al límite de la muerte hace 15 años atrás, es, por decirlo de alguna manera, desoladora.

Para algunos como yo, que nos resistimos a aceptar su desaparición de manera tan fatídica, inexplicable y sorpresiva, no podemos dejar de valorar todo lo que compartimos con él.

Los que quieran dedicarle sus palabras desde el cariño y la admiración pueden proceder por supuesto, aunque yo elijo hacerlo desde el respeto y el reconocimiento a alguien con el que tuve quizás más disensos que consensos, pero donde el debate frontal y la discusión de asamblea siempre terminó por encauzar una experiencia común de lucha sindical.

Me atrevo a decir que Beto fue uno de los dirigentes sindicales argentinos más relevantes de los últimos 25 años, no solo por ser de los pilares constitutivos de los Metrodelegados —que frenaron los despidos, consiguieron las 6 horas, aumentaron significativamente el salario de los trabajadores del subte y aniquilaron la tercerización laboral de manera prematura— sino también que fue el factotum central de la creación de un sindicato que siempre estuvo en el sentimiento del activismo que laburaba bajo tierra y que encontró en una solución plebiscitaria propuesta por él mismo la manera de saldar el viejo dilema sobre qué hacer con la UTA y nuestro futuro sindical.

También considero que fue la persona que tuvo la mayor centralidad de los últimos 20 años, donde prácticamente todas las discusiones y asuntos laborales en el subte de alguna u otra manera terminaban pasando por su persona.

Para los que somos de Rancagua, la lucha contra el asbesto nos colocó en una relación estrecha por cada medida que se llevó adelante y cómo, a través de su rol como secretario general, logramos amplificar hacia el resto de los sectores subterráneos la defensa de la salud laboral, incluso trascendiendo las fronteras de nuestro gremio y hasta del propio país.

Nunca lo vi flanqueado por guardaespaldas pero sí por compañeros con los que hemos discutido más de una vez. Quizás enfundado en una campera de cuero de aquellas que no le quedaban bien. Pero aprendí a quererlo de alguna forma con sus sandalias, su riñonera y esas remeras rupestres que le gustaba vestir.

Era simpático, entrador y un gran debatidor donde muchas veces supo captar el sentimiento mayoritario de una asamblea o confrontar de manera apasionada contra los que opinábamos distinto.

AGTSyP ha sido hasta hoy lo que en gran medida él quiso que sea, con sus aciertos, limitaciones y los errores que desde la oposición hemos tratado de marcarle, aunque ello no alcanzara para cambiar el curso de las decisiones o incluso la composición de la directiva, que claro está, en buena ley, sin fraude y de manera contundente en cuatro oportunidades lo tuvo a Beto ganando al frente.

Me pregunto qué hubiese querido Pianelli si alguien le susurrara al oído que no llegaría a cumplir los 60. Seguramente que ante un desenlace como el que tuvimos este jueves 29 de enero nos habría juntado a todos para decirnos: “Prioricen los acuerdos por sobre las diferencias, y no se olviden de dónde venimos, que en la unidad está la fuerza”.

El final de las palabras que mencionó Virginia hoy en el cementerio resumen un legado y a la vez un desafío hacia adelante: “El vacío que deja Beto somos todos nosotros”.

Hasta siempre compañero Beto Pianelli.


Por María Rivero

Beto era el que nos explicaba todo tan fácil. Por eso nos miraría de reojo si dijéramos que era un apasionado animal polítik, generoso y empático.

Aunque todo eso es verdad, preferimos decir que Beto era el habilidoso que jugaba para el equipo, siempre sabía dar el pase exacto, hacer jueguitos, desmarcarse de las feroces patadas del capitalismo gambeteando para marcar goles emblemáticos.

Si, Beto es nuestro Diego. El que consiguió organizar a un grupo de trabajadores, los cuales después construyeron un sindicato desde abajo, y junto con el sindicato las seis horas, la destercerización, la bolsa de trabajo…

Beto repetía una y otra vez qué importa nuestro tiempo libre, nuestra vida libre para interpelar al conjunto de la sociedad. Porque las peleas no solamente se ganan con la fuerza propia, se ganan con el apoyo del resto de los sectores sociales. Una mirada contracorriente, otro paradigma. Todas las cosas que dijo. Y qué hizo.

Una de sus últimas gambetas fue instalar el asbesto en la agenda y la quita de…¿cuánto? preguntaría para que alguien le sople: 2000 toneladas… Entonces él repetiría: “Sacamos 2000 toneladas” dejando bien clara la cifra.

Su muerte nos atravesó de tal manera que tenemos la cara desfigurada de tanto llorar de la bronca y reír muy fuerte con cada anécdota. Así como lo hacía él.

Muchas de las personas que pudieron acercarse a despedirlo eran los mismos que se ponían felices cuando lo saludaban por las calles de su amada ciudad.

Sus compañeros y compañeras del subte a quienes se les iluminaba la cara cuando lo veían llegar a cualquier estación. Del mismo modo que se le iluminaba a él, cuando podía ayudar a alguien de la manera que sea para mejorarle la vida.

Porque el juego de Beto era colectivo. Bancar con el cuero lo que decimos con la boca. Poner el cuerpo para sostener las posturas, salir de la posición cómoda del comentarista. Beto hacía lo que tenía que hacer pero con los compañeros. Siempre pensando en los compañerxs… Ese era el imaginario que él intentaba construir cada día.

Ese es el desafío que nos deja a todas y todos nosotros.

Donde sea que estés, ya estarás al tanto de qué cosas se necesitan ahí y apuesto que ya estás pensando como organizar para tirar una gambeta y solucionarlo…

¿Qué es el Poder?
Poder es que te quieran como al Beto Pianelli.

Eternamente Gracias Betito.


Vuela alto Beto querido

Por Alejandro Ortiz, conductor línea E.

La vida en este mundo parece que se ensaña con los buenos, los imprescindibles.

Los malos parece que ganan, aúllan los malos, gritan los malos porque otra cosa no saben hacer, más que daño.

¿Por qué? Es una pregunta que no puedo responder ahora.

Tengo sentimientos de orfandad porque un hecho así donde se va un ser querido, es también el vacío que deja el interrogante que el ser humano de vez en cuando, se muere, esa costumbre ¡maldita costumbre!.

Gracias Beto por hacernos mejores personas, por darnos un interés que no sea el mercantil, por hacernos conscientes del otro aún con las diferencias que uno pueda tener, defendernos espalda con espalda, que si estamos unidos tenemos una fuerza descomunal.

En tiempos en donde, es un sálvese quien pueda, en tiempos donde primero yo, segundo yo, y tercero yo, en tiempos donde los malos realizan maldades sin ningún freno.

En estos tiempos más que nunca, debemos estar unidos, en estos tiempos más que nunca el enemigo es común a todos . En estos tiempos es cuando debemos estar espalda con espalda, porque está vez aunque parezca poco, tenemos mucho para perder, pero está vez tenemos mucho para ganar.
A no quedarnos de brazos cruzados, a sacar lo mejor de cada uno, siempre en función de todos.

“Porque los trabajadores estamos cansados de perder”. “Queremos vivir, dignamente, disfrutar de nuestros afectos, de nuestra familia, para seguir aprendiendo”.

Gracias por sacar acciones extraordinarias de cada uno, Gracias por esto que nos enseñaste.

PD: Beto era el único sindicalista que hasta hace unos años alquilaba, tenía un auto como cualquiera de los afiliados. Eso también era distinto de lo que estábamos acostumbrados. Sindicalistas que viven como empresarios.

Da bronca que siempre se vayan los buenos quizás debemos cambiar la lógica no? Porque para cambiar lo que hay que cambiar se necesita buena gente y Beto además de dirigente, compañero, padre, era un buen amigo, era buena gente. Gracias.


Abajo y a la izquierda está el corazón

Por Diego Cuadrado, Guarda Línea A

Las personas comunes, en el mejor de los casos, solemos aspirar a mejorar la vida de nuestros seres queridos. A dejarles el camino lo más allanado posible a nuestros hijos, para que la tengan un poco más fácil que nosotros. A ayudar a esa madre o abuela que cobra la jubilación mínima. A acompañar a ese amigo que atraviesa un mal momento. Pero rara vez barajamos que exista la posibilidad de transformar la vida de miles de hijos, madres y abuelas.  

Ese fue Beto: una persona tan aferrada a sus convicciones que, aun en aquella Argentina de los 90, tan asediada por la resignación y el “sálvese quien pueda” (déjà vu), supo contagiar a sus compañeros la esperanza de que luchando se podía torcer un destino que parecía inevitable, y hacer realidad para todos lo que otros no se atrevían a soñar ni siquiera para sí mismos.  

Por eso, desde el momento en que me enteré de esa noticia tan inesperada como carente de sentido, sentí la necesidad de escribir algo sobre esa persona que nos cambió la vida. A los que trabajaban en el subte, a los que entramos después y, si sabemos custodiar lo conquistado, también a los que vendrán. Y es que mi realidad actual hubiera parecido un sueño comparada con aquella época en la que trabajaba no menos de diez horas por día en una pyme textil, cumpliendo mil funciones, con tres meses de atraso en un magro sueldo y la angustia permanente de no saber cuántos meses más tendría trabajo. Fue gracias a la lucha de Beto y de tantos compañeros y compañeras que, al entrar al subte, descubrí que existía una vida más digna y la posibilidad de proyectar un futuro que hasta entonces parecía inalcanzable.  

Pero no fue solo por eso que lo lloré como si se tratara de un familiar o un amigo de toda la vida, aun sin haber sido ninguna de las dos cosas. Puede que en mi llanto hubiera mucho de gratitud; puede también que necesitara llorar por tantas otras cosas y él haya sido el detonante. Pero sé que, en gran parte, fue por lo intangible: aquello que no se mide únicamente en salario o derechos laborales.  

Hoy, que sería su cumpleaños —ese que venía planeando desde hacía un mes y que quería festejar con todos—, decidí terminar de escribir estas palabras que venía postergando. Pero al encarar la hoja en blanco son tantas las cosas que me pasan por la cabeza y que valdría la pena destacar, que resulta imposible escribirlas todas, y mucho más elegir una y quedar conforme.  

Decidí, entonces, no extenderme enumerando logros y luchas que ya son de sobra conocidas, sino aprovechar el privilegio de haberlo tenido cerca algunos años para destacar esas cosas que, para mí, lo hacían imprescindible.  

Reescribiendo las reglas del juego

Casi todos nos criamos bajo la lógica del neoliberalismo. El machaqueo constante de esos dogmas fue moldeando nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos. Y aunque nos esforcemos por desarmar los andamiajes de esa visión del mundo que nos inocularon desde chicos, y pretendamos adoptar posturas contrahegemónicas o “progres”, muchas veces terminamos debatiendo en el terreno del enemigo y aceptando como válidas sus reglas de juego.  

Beto parecía inmune a todo eso, como si pudiera verlo desde una perspectiva propia que no se dejaba contaminar por lógicas de mercado. Ante argumentos basados en cálculos rigurosos de costos y productividad, él contraponía verdades tan elementales como que venimos a este mundo a ser felices, y no a embrutecernos trabajando. Desnudando en un segundo la incoherencia de esos discursos que pretenden convertir nuestra vida en un engranaje más de una máquina de generar ganancias.  

Tenía la virtud de mantenerse humano en un mundo cada vez más mercantilizado, y eso le daba la claridad arrolladora de esas verdades esenciales que todos conocemos pero que quedan sepultadas bajo la lobotomía de un sistema en el que ser humano no es redituable.  

En un presente plagado de discursos escritos por asesores y debates “coucheados”, él simplemente decía lo que pensaba, hacía lo que decía y, más importante aún, vivía como pensaba.  

Podría destacar aquí su honestidad, tanto intelectual como material, de la cual hay sobradas muestras para cualquiera que conociera su estilo de vida. Y no dejaría de ser una rareza en los tiempos que corren. Pero esa honestidad era en parte consecuencia de algo más excepcional, que es el haber comprendido que la forma más auténtica y duradera de felicidad la dan las cosas que no tienen precio, sino valor: las reuniones, las charlas, la risa, la lectura, el arte, la música, las comidas compartidas. Aquellas que permanecen hasta el final y no conocen de obsolescencia programada.  

Leí por ahí que era una persona que hacía de la amistad una institución, y me pareció que lo describía a la perfección. No sabía vincularse de otra manera. Su humor, su carisma innato, su paciencia para explicar una y mil veces, y esa transparencia que solo tienen quienes hablan desde las convicciones, hacían que incluso las relaciones que nacían como algo estratégico o profesional terminaran derivando en algo más.  

El ejemplo más claro fue ver a tantos trabajadores, militantes, sindicalistas, políticos y periodistas que se hicieron presentes o escribieron palabras de despedida que no nacían solo del respeto o la afinidad ideológica, sino del afecto sincero y el dolor de haber perdido a alguien que era mucho más que un secretario general, un colega, un posible aliado o un eventual entrevistado.  

Beto era lo que profesaba y lo que pretendía para los demás, y es por esa autenticidad que era capaz de llegar al corazón de las cosas y convencer a cualquiera de que valía la pena luchar por ellas.  

Pero quizás lo más excepcional es que a pesar de haber liderado y ganado luchas que parecían imposibles, de haber llegado de ser un simple boletero a dejar una marca imborrable dentro de la historia del sindicalismo, Beto nunca dejó de ser El Beto: aquel militante adolescente de sonrisa franca y semblante alegre que soñaba con cambiar el mundo. 

Luchar, vencer, caerse y levantarse

A veces siento que la vida tiene un sentido de la oportunidad nefasto: se lleva a las personas imprescindibles justo cuando ya estábamos demasiado acostumbrados a tenerlas, cuando dábamos por sentado —aunque lo supiéramos imposible— que iban a estar ahí para siempre. Es como si nos dijera: “Bueno, ¿a ver cómo se las arreglan ahora? ¿A ver si aprendieron algo?”. Y aunque sepamos que el único camino posible es levantarse y seguir adelante, el sentimiento de orfandad es inevitable.  

En lo personal me ocurre algo parecido a lo que me pasa con El Diego: me resulta imposible asumir su ausencia. Sé que inconscientemente voy a esperar cruzarlo cada vez que pase por el sindicato. Que voy a andar por ahí creyendo que va a aparecer en cualquier momento con sus bermudas y su riñonera haciendo algún comentario irónico sobre cualquier tema. Y que voy a estar esperando su opinión esclarecedora al final de cada debate, con esa lucidez para leer la coyuntura que despertaba mi admiración y lograba, sin dejar de ser realista, quitarle dramatismos e inyectar una cuota de esperanza aun en los peores escenarios.  

No voy a caer en la tentación de decir que el mejor homenaje que podemos hacerle a Beto es ser como él. Sería una linda declaración de intenciones, pero sinceramente no creo que personas así nazcan todos los días, ni todos los años, ni todas las décadas. No creo que ninguno de los que quedamos pueda ser como Beto.  

Pero si algo se cansó de repetirnos es que nuestra fuerza reside en la unidad. Así que, aun sabiéndolo irremplazable, si hacemos el esfuerzo de ser una parte de su docencia militante a la hora de explicar y convencer, de su vocación por preservar la unidad sobre cualquier diferencia y de su determinación por encontrar un camino incluso en los momentos más difíciles, entonces sí, en ese esfuerzo conjunto, podremos estar a la altura de sostener su legado y aspirar siempre a ir por más, como él hubiera hecho.  

O, en palabras de una de las personas que más lo conoció y acompañó desde el comienzo: “El vacío que deja Beto somos todos nosotros”, y probaremos que todos nosotros “juntos somos invencibles”.


Mi compañero de lucha

Por Néstor Segovia, Secretario General AGTSyP

Yo no sé si era mi amigo, pero sí sé que era mi compañero de lucha. Era mi compañero en las peleas contra la empresa y contra los gobiernos que fueron pasando. Nos poníamos espalda contra espalda y luchábamos para formar este sindicato y fortalecer a los compañeros de base del subte.

Hace 30 años que lo conocí, y calculo que durante 25 años nos comunicamos prácticamente todos los días. No había un día en que yo no lo llamara o él no me llamara a mí. Esas llamadas pasaban por , consultas, felicitaciones y también muchas discusiones fuertes por diferencias políticas o gremiales, pero siempre terminábamos llegando a un acuerdo.

Nunca compartimos un almuerzo o una cena fuera del trabajo. Sí, miles de cafés en bares que concluían en alguna reunión. Él siempre confiaba en mí y contaba conmigo. Los acuerdos que cerrábamos, ambos los cumplíamos. Él me defendía a mí y yo lo defendía a él. Siempre respetamos lo que decía la base; ese era nuestro lema.

Era un Secretario muy humilde y sencillo. Había cosas de él que a veces me molestaban, como por ejemplo ir a reuniones importantes con bermudas y ojotas. Pero era “el Beto”, él era así.

Podría contar miles de anécdotas de lucha. Por ejemplo, después del conflicto de la línea H en 2018, varios compañeros terminamos detenidos. Nos juntamos y decidimos ir a Roma a ver al Papa. Fue una de las mejores experiencias que viví junto a él.

Convivimos una semana y charlamos de todo un poco. En esas conversaciones él me explicaba cuál era su ideal de sindicato. Me decía que a la gente que trabaja para la gente y para los trabajadores hay que cuidarla.

También me habló de las personas que él valoraba dentro del sindicato, ya fuera por su trayectoria de todos estos años o por amistad. Durante esa semana dormimos, desayunamos, almorzamos y cenamos juntos. Él parecía un tano más: nos pasamos comiendo pastas.

Él de Boca y yo de River; él de izquierda y yo peronista; él ateo y yo creyente. Recuerdo que en ese viaje que compartimos, recorrí las iglesias de Roma y Nápoles, porque son magníficas, enormes, con una estructura sorprendente. Yo entraba, me ponía a rezar, y él me esperaba en la puerta con mucho respeto.

Beto Pianelli, compañero de tantas luchas ¡hasta la victoria siempre!

Sueños bajo tierra

Por Adrian Dubinsky

Los sueños pergeñados
bajo tierra, emergen.
Las luchas conculcadas
entre Rieles
de lucha,
cincelados en Larroca de
un barrio, se reproducen,
persisten, se obstinan,
Son tercas y dóciles a la vez…
Seducen y pulsean.

Los sueños derivados
de los sueños bajo tierra
son sueños humanos,
sueños situados en
tiempo y madurez,
sueños macerados y transmitidos.

Vaya a saber qué sueños
sobrevivieron en
un pebeto que vendía
cospeles en el subte.
Qué imágenes
se multiplicaban
bajo la tierra
de San Cristóbal.
Reverberaban los ecos del 19

y parece ser,
que osmoseaban
en la piel
de un sensible.
Treinta años soñó.
Soñó treinta años mañana
e imaginó casi todo
menos el
paisaje que lo incluía
y lo hacía ecoar,
como un Moebius infinito,
entre los túneles
de la E.

Palabras para Beto de lxs jubiladxs del subte

Beto Pianelli, fuiste un gran compañero y buena persona, luchador por los derechos de los trabajadores del Subte.

Has partido físicamente, pero sigues presente, tu lucha continua en cada trabajador consciente de sus derechos por los cuales tu luchaste.

Tapia Domingo, Jubilado Tráfico – línea A


Escribir una carta para Beto me resulta muy triste porque tengo que pensar que ya no está en nuestro mundo subterráneo, y digo “Tengo que pensar” porque si bien entiendo a la muerte como parte de la vida, en este caso, la muerte vino para llevarse a Beto dejándonos un poco huérfanos.

Entré a trabajar en el Subte en el año 2000, etapa política crítica, muy parecida a la actual, pero acá, bajo tierra, parecía otro mundo, era otro mundo donde estaban los “Metrodelegados”, eran muchos compañeros con Beto, el líder, y con él a la cabeza todo nos resultaba fácil de hacer, fácil luchar, fácil sacarse el miedo y con todo eso y todos unidos ganamos mucho.

Gracias Beto por haber estado en este mundo subterráneo y hacernos la vida más linda, ayudándonos y enseñarnos a luchar.

Julia Sambade, Jubilada Tráfico – línea C


Beto tuve tantas diferencias con vos que eso no fue impedimento para encontrar puntos en común, se te va a extrañar.

Lema Roberto – Jubilado Tráfico – línea A


Querido Beto, solo tengo agradecimiento para vos y para todos los compañeros metrodelegados es que mi relación era de tercerizado y sobre el final de esa relación tenia 52 años, trabaje 12 horas diarias, y el titular de la franquicia desapareció y éramos más de 50 empleados los que quedamos en la calle. Pasamos gracias a tu esfuerzo y el de Segovia, entre otros, y entramos a planta permanente. Es evidente que ese suceso nos cambió la vida y la de nuestra familia. Por eso siempre en mi corazón y mucho agradecimiento por la manaza que me dieron.

González Daniel O. – Jubilado Tráfico – línea H



Mi tan querido y bien recordado Beto, siempre presente en todos los hechos, trabajo y esfuerzo para lograr tanto, en tu pasar por esta hermosa familia de Subte.

Agradecemos haberte conocido, tenido y disfrutado, de tu grata labor en defensa de los compañeros junto a Néstor Segovia.

Solo infinitas gracias y hasta siempre.

Eduardo Miño – Jubilado Taller Medalla Milagrosa – línea E


¡Hasta siempre Compañero Beto!

Aquí la lucha continua.

Julio Murua – Jubilado Tráfico – línea D


En la reunión de hoy, 12 de marzo de 2026, desde el Grupo de Jubilados y Jubiladas, queremos decirte Gracias por todo lo que luchaste por nuestros derechos, gracias por los logros y luchas compartidas.

Yo, personalmente, quiero darte las gracias por estar siempre, acompañarme y darme la oportunidad de armar este maravilloso grupo de jubilados/as.

Muchas gracias

¡Hasta la victoria siempre!

Quinteros Noemi – Jubilada Tráfico – línea D


Buenos Aires, 12 de marzo de 2026

Admirado Beto, cuesta asumir tu partida, te conocí siendo personal de TAYM en Pichincha, primero de mente y luego personalmente. Me causaste muy buena impresión, no confiaba en nadie.

No soy expresivo, solo decir que no entiendo tu ausencia, que día a día aumenta tu presencia.

¡Hasta que nos veamos de nuevo, abrazos!

Sayago Carlos – Jubilado Tráfico – línea C


Mis primeros recuerdos de Beto, fue cuando recién comencé a trabajar, en la línea C y un día me invitaron a una reunión, yo no sabia nada de que se trataba en el 2001, y era con Beto y con Walter Varela. Quedé impactada por la seguridad que trasmitían y los llamé el dúo dinámico, porque siempre iban juntos a todos lados.

Luego de un par de años pasé a la línea D y como nuestro delegado era Walter Varela ya la comunicación era más seguida.

Descubrí que eramos vecinos , vivíamos el mismo barrio de La Boca, Catalinas Sur. Me lo cruzaba en el parque haciendo ejercicios casi todos los días y siempre lo cargaba. “Ya estás hecho un delfín, le decía y él me cargaba a mí. Creo que allí fue la época que más comunicación tuve con él. En el sindicato, cuando iba y justo daba la casualidad que él venía o se iba me saludaba y siempre alguna cargadita nos hacíamos.

Lindos recuerdos, una persona muy sensible a las necesidades de los compañeros, que sabía dar confianza y seguridad en momentos difíciles, en las luchas que hemos atravesado, y que jamás bajó los brazos. Un ser muy querido y admirado.

Gracias Beto por todo lo que nos diste, por tus enseñanzas, por dedicarte toda tu vida al sindicato.

Manino Nora – Jubilada Estaciones – línea D

Gracias Beto, por tu lucha incansable, tu carisma y tu generosidad. Te vi pocas veces, apenas hablamos, pero siempre estarás presente, para seguir tu camino de lucha y resistencia.

Lidia Cibelli – Jubilada Estaciones – línea D


¿Qué decir? Como plasmar en una hoja de papel, lo que significaste en mi vida.

Es un antes y un después de Beto Pianelli.

No hubo forma de no percibir tu fuego de lucha, siempre tan, tan contagioso. En mi experiencia personal me enseñaste mucho, me motivaste para ver todo de una manera diferente. ¡Injusticias que podían pelearse, y de qué forma! Una visión clara de saber que cosa y en que momento, y que nos convenía.

Simplemente decirte gracias por todo lo que nos diste y todo lo que nos enseñaste ¡tu esencia se esparció de tal manera. que aún pulula por el edificio.

Simplemente Beto Pianelli, presente ahora y siempre!

HLVS

Zarlenga Adriana – Jubilada Estaciones – línea D


¡Arranco con un Beto amigo, siempre presente!

Por suerte estaba en el Premetro, lugar en el que la lucha por el gremio fue, es y será primordial. Desde ese lugar lo conocí y coincidí del minuto uno, junto al Negro villa, Farita como yo le digo, Juanca que dios lo tenga junto a él, y un grupo de compañeros fabulosos y fieles a nuestros claros principios para separarnos de la UTA y crear un Sindicato del Subte. Bueno, hoy podemos decir con orgullo que lo que soñaron muchos amigos hoy es una realidad y muy linda por esa lucha y por esa historia, podemos decir que se logró y con Beto como nuestro guía. Por eso y por mucho más, nunca te olvidaremos.

Gonzalez Ramón – Jubilado Premetro – línea PM


Hablando de Beto

Por Virginia Bouvet Guarda Línea C.

Me pidió José que escriba sobre vos y pensé mucho antes de aceptar. No sabía si mi texto iba a estar a la altura del personaje, y mientras escribo pienso que te reirías de que te llame personaje, y lloro. Pero nadie me ve.

Entonces pienso que lo mejor sería empezar por el principio.

La primera vez que hablé por teléfono con Beto Pianelli fue en septiembre del 96. Hacía diez dias que era delegada de boletería en la línea A y ese día había un paro nacional convocado por el MTA. Toda la semana había recorrido el sector para convencer a mis compañeros y compañeras de adherir a la huelga, y el día del paro, cuando entra el último turno, me doy cuenta de que la mayoría había ido a laburar. Solo veinticinco habíamos adherido a la medida y en el sector trabajábamos 102.

Yo estaba deprimida. Pensaba: ¿En dónde me metí?, hice todo mal, no sirvo para esto. Estaba muy bajoneada, entonces llamo por teléfono a la casa de mi amigo Manuel, uno de los que había adherido al paro y que vivía con otro compañero, de la línea E, que yo no conocía y que resultó ser Beto.

Entonces yo le digo a Manuel: esto es un desastre, la gente no entiende nada, no sirve de nada lo que hago. Y Manuel me dice: esperá que te voy a pasar acá con una persona que te quiere hablar. Le pasa el teléfono y me dice: hola, me llamo Beto, ¿Me explicás cuál es tu problema?

Y le conté… Terminamos la conversación y yo era otra, Beto me había atravesado, había cambiado mi perspectiva. Me acuerdo de una de las frases: todo esto que no te gusta, se puede cambiar. Tenes que tener paciencia, lo vamos a cambiar.

Beto tenía esa cualidad de atravesar a las personas que conocía, de transformar a quienes lo rodeaban.

Postales de la época, en plena década del 90, ambos trabajábamos en el Subte recién privatizado. Individualismo. Miedo a perder el trabajo. Lazos sociales rotos. Retiros voluntarios y se ponían una cancha de Padel. Menemismo y pizza con Champagne. Despido y manejaban un remís. El neoliberalismo en auge y Beto que hablaba de cambiar.

Tarde varios dias en aceptar escribir, hasta que entendí que a vos no te importaría si el texto no me sale tan lindo de la tristeza que tengo, vos me dirías que lo publique igual, que es mejor que no hacer nada. Y vos no te merecés que yo no haga nada.

En definitiva, Beto fue un gran hacedor de grupos, un tejedor de redes. Tenía la voluntad de hacer, creía en el hacer y supo tener la paciencia con el otro, para esperarlo, para abrazarlo, hasta hacer grande este colectivo.

Tuvo, además, la confianza de saber que ese colectivo nos iba a llevar a nuestros objetivos. A nuestros nobles y ambiciosos objetivos colectivos.

Beto nos enseñó a organizarnos, a unirnos, primero los que pensábamos igual.

Ahora, la verdadera unidad, Beto decía, era unirse con el distinto, con el que no piensa tan igual. ¿Cómo se hace esto? Buscando uno o dos puntos en común y dejando de lado las diferencias secundarias o circunstanciales, eso lo dejábamos para después. Entonces te unís por el objetivo común en base a uno o dos puntos de acuerdo, y vamos todos. En el camino somos un montón y esa unidad es la que te hace más fuerte.

Obviamente que después nunca se hablaba de esas diferencias, primero porque somos sindicalistas, pero, sobre todo, porque el propio camino te iba marcando que lo único que importaba eran los objetivos en común.

Tardé varios días, sí, pero después entendí que la mejor manera de homenajearte no era un texto perfecto, que ahora que mucha gente está hablando de vos, estarías conforme si nadie miente en tu nombre y si cuento unas cuantas verdades sobre lo que fuiste. Agradezco que, esta vez, se trate de un texto, y no de un discurso, así puedo parar y llorar, otra vez.

Entonces, Beto daba cátedra de unidad, pero no sólo en el discurso, lo hacía en lo cotidiano. Fue así como llegamos hasta acá, esa unidad nos permitió las conquistas históricas, a los metrodelegados nos gustan mucho los títulos rimbombantes, decimos: las conquistas históricas que tuvieron el subterráneo y el premetro en los últimos treinta años: la reducción de la jornada laboral de 48 a 36 horas semanales, el salario digno, el sistema justo de ascensos y promociones, la bolsa de trabajo, la incorporación de los tercerizados a planta permanente y nos llena de orgullo haber peleado contra el acomodo y haber conseguido para todos el derecho a progresar, que una compañera de limpieza, antes tercerizada, haya podido ascender y ahora sea conductora.

Beto transformó la vida a miles de personas. Sabía mejor que nadie que solo no podía, por eso iba por la vida convenciendo a la gente a su alrededor de que pelear era posible, de que el cambio era posible. 

Esas frases grandilocuentes también las copiamos de vos. Y ahora me alegra haber aceptado escribir la nota porque me voy acordando de cosas que decías, de algunas ideas locas e imposibles, cuando se te ocurrió que inflemos con helio cien mil globos negros -cien mil querías- y que los soltemos en una cabecera porque la democracia sindical estaba de luto. Entusiasmado como un chico, hasta que averiguamos el precio del tubo de helio y fin de la idea.

Los últimos años, Beto se volcó intensamente al tema del asbesto, desde que nos enteramos de la contaminación en la red, dedicó sus esfuerzos al proceso de desasbestización del subterráneo y el Premetro. Junto a la secretaría de salud laboral, se informó, hizo contactos, generó espacios de trabajo con el objetivo claro de lograr una ley nacional de mapeo para identificar los lugares con asbesto, para que las autoridades se hagan cargo del problema y empiecen a tomarlo en serio, como hicimos nosotros bajo tierra. 

Y sería correcto decir que Beto había hecho del sindicato una trinchera, pero a Beto no le alcanzaba con un sindicato, por eso buscaba alianzas con otros gremios y pregonaba la unidad de las centrales sindicales.

Por eso fundó, junto a compañeros de Chile y Brasil, la Coordinadora Internacional de Sindicatos de Metro.

Pero a Beto tampoco le alcanzaba con esto. Creía en la construcción política de la clase trabajadora. Siempre estaba en esa búsqueda. Por eso los últimos años se había abocado a la construcción de Patria y Futuro.

Porque en definitiva Beto siempre quiso cambiar este mundo por otro sin explotadores ni explotados. 

Ahora que el texto es un hecho y sabiendo que no quedó nada importante que no nos hayamos dicho, te cuento que me encantaría repetirte un montón de cosas… Me hubiera gustado enojarme menos porque vivías tan rápido y me pedías todo para ayer. La vida se nos escapa de las manos, siempre lo supimos y a vos te tocó irte primero, pero a mí me tocó quedarme sin vos.

La última vez que hablamos por teléfono, dos días antes de su muerte prematura y con ese humor tan lindo que tenía, me dijo: ¡Tengo un gran corazón!, no lo digo yo, lo dijo el cardiólogo.

Acababan de entregarle el resultado de un Eco Doppler.

Cualquiera que te conoció sabe que el médico tenía razón.


29

Por Magalí Aguirre, conductora y delegada de la línea E

Cómo se duela una ausencia que está cargada de una presencia constante? ¿Habrás sido consciente de lo que significas para todos y cada uno de nosotros? Nosotros no, nos dimos cuenta en el medio de este vendaval en el que se nos convirtió la vida desde que no estás… Pero estás… Estás en todas partes, estás en la casa, en esos rincones que fueron testigos de tantas anécdotas maravillosas, estás en Juan, estás en el laburo cada vez q abro la puerta de ese comedor por el que tanto peleaste, estás en la tristeza que vive en el aire de nuestro sindicato desde hace 3 meses… en el caminar de tus hijos, en los gestos de Siro, en la desfachatez de Gino, en los ojos de Aye, que te extraña cada día más… y sabés qué Betito? nos esforzamos por encontrarte en cada paso que damos, capaz así te extrañamos menos. Te hicimos remeras, banderas, grafitis, tatuaje… Te cagarías de risa si supieras… Hace 3 meses estamos así, sin encontrar lógica a todo este absurdo, abrazándonos y acompañándonos, estamos espalda con espalda, con el corazón roto pero cumpliendo con cada tarea que nos dejaste, redoblando esfuerzos y poniendo el cuerpo porque no hay otra, porque sólo así vamos a ganar. Te quiero Betito, me alegra saber que siempre te lo decía.

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