CARTAS PARA BETO

Hasta la victoria siempre, capitán

Por Agustina Fortes, Guarda de la Línea A.

Pocas cosas son tan duras e injustas como la muerte. Con Beto solíamos hablar de eso con frecuencia.

—Espero no morirme por mucho tiempo. Y si sabés de alguien que pueda arreglar para que no me muera nunca, avisame que lo contrato —me dijo hace un tiempo.
—Muevo contactos para averiguar —respondí.

Ni vos pudiste cumplir tu palabra, ni yo la mía.

Una bacteria sin sentido rompió una promesa que debería haber sido eterna.

Entraste al hospital un fin de semana, zafando una vez más de algo que podría haber sido peor, para que una infección se metiera en tu cuerpo como un chiste del que todavía sigo esperando el remate.

Vos dirías que la muerte es así: uno nace y muere.

Yo te diría que no. Que hay gente que merece vivir para siempre.
Y me refiero a vos.

Logro tener un momento a solas con vos en el hospital para poder despedirme. Estoy más enojada que triste en ese momento. Enojada por lo absurdo de tu muerte, enojada porque te vi hace unos días, en el mismo hospital, y nada indicaba que este iba a ser el desenlace. Me enojo con vos, porque me dijiste que no te ibas a morir en mucho tiempo, y me siento engañada. Me enojo con la vida, que se llevó a mi persona favorita.

La última vez que nos vimos hablamos de cómo hay que vivir. Nos preguntamos qué significa la felicidad y cómo darle sentido a esa búsqueda. Sorprendentemente hablamos del amor y de cómo construirlo desde lo genuino del gesto, y no por la obligación o la idea de que es lo único que hay. Te aposté que la comida del hospital iba a ser pollo con puré y acerté.

—Harina, ¿me podés conseguir algo con harina? —le dijiste a la enfermera.

Me reí y me fui tranquila. Pensé que el Beto que conozco seguía intacto. Me relajé creyendo que todavía teníamos tiempo. Pensé que en unos días cumplíamos años y que, por primera vez, íbamos a poder estar en el festejo del otro porque no nos caían el mismo fin de semana.

Unos días después entendí que estaba equivocada.

En ese momento, el duelo se volvió colectivo.

Aparece la gente, el movimiento. Y la despedida ocurre donde tenía que ser: en el sindicato.

Hay tanta gente afuera y adentro que es imposible caminar. Intento entender si me toca estar al lado de mamá y despedirte como familia, o si me toca estar con mis compañeros y despedirte como trabajadora. Con el correr de la noche comprendo que de ambas maneras. Y no solo a mí: a todos.

Cuando me preguntan por qué te digo “Beto” y no “tío”, encuentro la respuesta justamente en esa doble pertenencia a la hora de llorarte. El tío es el hermano de uno de los padres. Y vos fuiste mucho más. Fuiste compañero, cómplice, referente. Supiste paternarme, acompañarme y guiarme.

Un día, cuando yo tenía quince o dieciséis años, me regalaste mi primer libro de García Márquez, autor que después fue mi favorito durante mucho tiempo. Ese gesto derivó, naturalmente, en que me regalaras la colección entera.

Cuando viste que me interesaba la política, me hiciste leer a Álvaro García Linera, para después sentarnos a comer y debatir las tensiones creativas de la revolución.

Permitiste que te robara libros cada vez que iba a tu casa, sabiendo que nunca más los ibas a ver, aunque yo te prometiera lo contrario.

Me llevaste a comer por cada rincón de Boedo y San Telmo, porque para vos no había nada mejor que Buenos Aires y la comida juntas.

Me felicitaste cuando te dije que iba a estudiar Ciencia Política y estuviste en cada paso de mi carrera.

Un día me llamaste para preguntarme si quería trabajar en el subte. Y me cambiaste la vida.

Y ahora entiendo: eso significaba Beto. No solo para mí, sino para el mundo.

Beto es un nombre propio que dice muchas cosas. Dice amigo, hermano, padre, compañero, trabajador. Pero, sobre todo, dice comunidad. Colectivo.

Muy pocas personas pueden leer el mundo y transformarlo, crear un imaginario social más justo y vivir cada día de sus vidas luchando por eso. Pero menos personas aún logran contagiar esas ideas. Vos pudiste. No solo las contagiaste: las multiplicaste.

Lo maravilloso no fue que la gente te siguiera, sino que nos hicieras tener ganas de pelear por aquello en lo que creemos. Nos enseñaste a alzar la voz sin perder la ternura.

Me doy cuenta, en ese mar de personas sobre la calle Carlos Calvo, de que no soy la única que se siente huérfana. Buenos Aires se detuvo un segundo porque se fue uno de sus mayores referentes.

Los trabajadores cortan la calle. Hay banderas de distintos colores y agrupaciones, colgadas en la puerta del sindicato y sobre tu cajón. Reconozco algunas: la lucha por el Bauen, SiPreBA, Palestina, el pañuelo del aborto. Se acercan amigos, artistas, compañeros. Todos a despedirte. Llegan coronas de flores que odiarías, pero hay un acierto indiscutible de mis compañeros: te envían una bostera. Me río por lo grasa y me enternezco por el gesto. La gente te conocía bien porque siempre fuiste una persona transparente.

La jornada es larga. A la mañana siguiente se repite. Llega más gente que no pudo estar la noche anterior. Se arma una caravana para acompañarte hasta Chacarita. Las banderas del sindicato te siguen en los autos y se alzan cuando llega el saludo final. Cada quien se acerca y se despide a su manera.

Lloro. Lloro porque no sé quién soy sin vos. Lloro porque me hiciste quien soy y siento que ahora tengo que estar a la altura de quien fuiste.

Si alguna vez pensé que sin vos me quedaba sola en el mundo, estaba equivocada. Hay un colectivo de personas que comparte este dolor. Me dejaste una red dispuesta a no bajar los brazos y llevarte presente cada día.

Me llena de orgullo saber que soy tu familia.
Pero más orgullo me da saber que soy parte de tu legado.

La lucha sigue en quienes te conocimos.

Hasta la victoria siempre, capitán Beto.


Por Agustina Ionno, Conductora Línea C.

Cuando entré a trabajar al subte me hicieron dos advertencias: “No digas cómo entraste” y “no te juntes con los Metrodelegados”. A las dos horas ya había hecho las dos.

Lo conocí cuando yo tenía apenas 20 años y rápidamente lo seguí en cada locura que me propuso.

Había algo en su tono de voz, en su paciencia para explicarte todo, en su risa, que hacía que compraras todo lo que te vendía. Ahora que no estás, lo admito: (casi) siempre tenías razón.

Me acuerdo patente esa noche en la casa de Virginia donde sin preámbulos y masticando pizza disparaste: “Tenemos que crear un sindicato”.

Nos reímos. Pero un rato después de escucharte explicar tu plan con tanta pasión y convicción hasta nos empezó a sonar razonable. Es que en tu voz todo parecía posible.

Horas y horas haciendo pines y fotocopias para salir a caminar la línea a convencer a la gente que firme un papelito para afiliarse a la nada misma, para afiliarse a un sueño, a tu sueño.

“Qué locura, era imposible”, pienso hoy mirando una multitud entrar y salir de Carlos Calvo 2365 para despedirte.

“Si tenés una mínima posibilidad de ganar, vos jugá”, me dijiste hace unos días.

Será por eso que aunque los pronósticos de los médicos decían que ya no había nada más que hacer todos nos aferramos al milagro. Es que, también, un poco te creímos inmortal.

“No sabemos dónde, en breve nos encontraremos”, dice la invitación a tu cumpleaños número 60.

En todos lados, Betito: en cada anécdota, en cada compañero, en cada lucha, en cada conquista, en cada risa y en este sentimiento de orfandad colectiva que nos hermana más que nunca.

Llevaremos tu risa y tus sueños como bandera.

Hoy los más jóvenes me preguntaron por vos: querían que les cuente quién eras y lo que habías hecho. Ahí entendí en qué habíamos fallado: en dar las cosas por sentado. En darte por sentado.

Te prometo que no me voy a cansar de hablar de vos, de contar quién fuiste y cómo nos devolviste la dignidad a los trabajadores del subte.

Un superhéroe de bermudas y ojotas que luchaba por la felicidad de las personas.

Gracias Beto. Gracias por ser mentor, un poco padre y amigo. Y gracias por dejarme ser parte de la increíble aventura que fue tu vida.


Beto, eterno

Por Cesar Osuna, Guarda Línea D.

Con la cabeza quebrada y el corazón roto, hoy mis palabras salen de mi corazón.

Hace 3 días que no entiendo nada, que me niego a caer de que fue verdad… Hace 3 días que siento un vacío raro, difícil de explicar y de asimilar, un hueco que me quedó y que nadie podrá rellenar jamás y no entiendo por qué.

Jamás fui tu amigo, no te llamaba todos los días y es más, no tenemos una foto juntos, ni una sola, y eso me lleva a preguntarme ¿por qué me dolés tanto? ¿por qué te lloré como no lloro nunca? ¿Por qué este vacío tan grande?

Y así como estoy, busco respuestas que solo me sirven a mí, que solo subsanan una parte de mi dolor y creo que, sin creer tener la verdad, que tu partida me rompió porque te debo gran parte de mi vida y vos ni enterado estabas, y yo recién hoy trato de enterarme.

A vos te debo el tener este trabajo, a vos te debo conocer a mis compañerxs y a mi compañera de vida, mis dos hijxs estuvieron en tu oficina, jugaron con tus hijos y pueden tener una vida digna gracias a vos.

Gracias a vos mi compañera hoy es trabajadora del subte, gracias a vos mis condiciones laborales me permiten disfrutar de mi familia como siempre lo soñaste y luchaste, gracias a vos entendí que la salida siempre es colectiva, que la clase trabajadora necesita derechos que le permitan vivir del trabajo y no vivir para trabajar, de vos aprendí que la única pelea que se pierde es la que se abandona y que se puede pelear todo sin desproteger a nadie, priorizando siempre a lxs tuyxs.

De vos aprendí que la política no es una mierda, y que el sindicalismo diferente es posible con un simple ejemplo… el tuyo.

Hoy con lágrimas en los ojos todavía, con toda la incertidumbre del mundo y deseando muy fuerte que solo sea un mal sueño, te agradezco, todo te agradezco.

Te sentiré en cada mariposa que se me acerque en momentos difíciles, te veré en mil lugares pensando que seguís acá o que simplemente pasaste a saludar, siempre pensaré qué hubieras hecho o qué pensarías en cualquier situación que se complique un poco para tener un segundo de claridad.

Llevaré tu bandera lo más alta que pueda, con orgullo y gratitud siempre tratando de estar a la altura de tus expectativas.

Hoy ya no estás con nosotrxs y duele, pero duele de la manera más hermosa que existe, duele empoderándonos más que nunca como creo que te hubiera gustado.

Mientras hoy todavía existen mierdas vivas, quiero que sepas con estas palabras que vos no pasaste desapercibido en nuestras vidas, que nos atravesaste a todxs, que construiste tu nombre solo con humildad y conciencia colectiva.

Querido Beto, vos no solo fuiste amigo o familia, fuiste, sos y serás eterno para nosotrxs.

Buen viaje querido Beto, te extrañaré cada día.


¿Y ahora qué?

Por Ariel Rocchieti.

La reciente pérdida de nuestro compañero Beto Pianelli, quien sobrevivió a un trasplante hepático casi al límite de la muerte hace 15 años atrás, es, por decirlo de alguna manera, desoladora.

Para algunos como yo, que nos resistimos a aceptar su desaparición de manera tan fatídica, inexplicable y sorpresiva, no podemos dejar de valorar todo lo que compartimos con él.

Los que quieran dedicarle sus palabras desde el cariño y la admiración pueden proceder por supuesto, aunque yo elijo hacerlo desde el respeto y el reconocimiento a alguien con el que tuve quizás más disensos que consensos, pero donde el debate frontal y la discusión de asamblea siempre terminó por encauzar una experiencia común de lucha sindical.

Me atrevo a decir que Beto fue uno de los dirigentes sindicales argentinos más relevantes de los últimos 25 años, no solo por ser de los pilares constitutivos de los Metrodelegados —que frenaron los despidos, consiguieron las 6 horas, aumentaron significativamente el salario de los trabajadores del subte y aniquilaron la tercerización laboral de manera prematura— sino también que fue el factotum central de la creación de un sindicato que siempre estuvo en el sentimiento del activismo que laburaba bajo tierra y que encontró en una solución plebiscitaria propuesta por él mismo la manera de saldar el viejo dilema sobre qué hacer con la UTA y nuestro futuro sindical.

También considero que fue la persona que tuvo la mayor centralidad de los últimos 20 años, donde prácticamente todas las discusiones y asuntos laborales en el subte de alguna u otra manera terminaban pasando por su persona.

Para los que somos de Rancagua, la lucha contra el asbesto nos colocó en una relación estrecha por cada medida que se llevó adelante y cómo, a través de su rol como secretario general, logramos amplificar hacia el resto de los sectores subterráneos la defensa de la salud laboral, incluso trascendiendo las fronteras de nuestro gremio y hasta del propio país.

Nunca lo vi flanqueado por guardaespaldas pero sí por compañeros con los que hemos discutido más de una vez. Quizás enfundado en una campera de cuero de aquellas que no le quedaban bien. Pero aprendí a quererlo de alguna forma con sus sandalias, su riñonera y esas remeras rupestres que le gustaba vestir.

Era simpático, entrador y un gran debatidor donde muchas veces supo captar el sentimiento mayoritario de una asamblea o confrontar de manera apasionada contra los que opinábamos distinto.

AGTSyP ha sido hasta hoy lo que en gran medida él quiso que sea, con sus aciertos, limitaciones y los errores que desde la oposición hemos tratado de marcarle, aunque ello no alcanzara para cambiar el curso de las decisiones o incluso la composición de la directiva, que claro está, en buena ley, sin fraude y de manera contundente en cuatro oportunidades lo tuvo a Beto ganando al frente.

Me pregunto qué hubiese querido Pianelli si alguien le susurrara al oído que no llegaría a cumplir los 60. Seguramente que ante un desenlace como el que tuvimos este jueves 29 de enero nos habría juntado a todos para decirnos: “Prioricen los acuerdos por sobre las diferencias, y no se olviden de dónde venimos, que en la unidad está la fuerza”.

El final de las palabras que mencionó Virginia hoy en el cementerio resumen un legado y a la vez un desafío hacia adelante: “El vacío que deja Beto somos todos nosotros”.

Hasta siempre compañero Beto Pianelli.


Por María Rivero

Beto era el que nos explicaba todo tan fácil. Por eso nos miraría de reojo si dijéramos que era un apasionado animal polítik, generoso y empático.

Aunque todo eso es verdad, preferimos decir que Beto era el habilidoso que jugaba para el equipo, siempre sabía dar el pase exacto, hacer jueguitos, desmarcarse de las feroces patadas del capitalismo gambeteando para marcar goles emblemáticos.

Si, Beto es nuestro Diego. El que consiguió organizar a un grupo de trabajadores, los cuales después construyeron un sindicato desde abajo, y junto con el sindicato las seis horas, la destercerización, la bolsa de trabajo…

Beto repetía una y otra vez qué importa nuestro tiempo libre, nuestra vida libre para interpelar al conjunto de la sociedad. Porque las peleas no solamente se ganan con la fuerza propia, se ganan con el apoyo del resto de los sectores sociales. Una mirada contracorriente, otro paradigma. Todas las cosas que dijo. Y qué hizo.

Una de sus últimas gambetas fue instalar el asbesto en la agenda y la quita de…¿cuánto? preguntaría para que alguien le sople: 2000 toneladas… Entonces él repetiría: “Sacamos 2000 toneladas” dejando bien clara la cifra.

Su muerte nos atravesó de tal manera que tenemos la cara desfigurada de tanto llorar de la bronca y reír muy fuerte con cada anécdota. Así como lo hacía él.

Muchas de las personas que pudieron acercarse a despedirlo eran los mismos que se ponían felices cuando lo saludaban por las calles de su amada ciudad.

Sus compañeros y compañeras del subte a quienes se les iluminaba la cara cuando lo veían llegar a cualquier estación. Del mismo modo que se le iluminaba a él, cuando podía ayudar a alguien de la manera que sea para mejorarle la vida.

Porque el juego de Beto era colectivo. Bancar con el cuero lo que decimos con la boca. Poner el cuerpo para sostener las posturas, salir de la posición cómoda del comentarista. Beto hacía lo que tenía que hacer pero con los compañeros. Siempre pensando en los compañerxs… Ese era el imaginario que él intentaba construir cada día.

Ese es el desafío que nos deja a todas y todos nosotros.

Donde sea que estés, ya estarás al tanto de qué cosas se necesitan ahí y apuesto que ya estás pensando como organizar para tirar una gambeta y solucionarlo…

¿Qué es el Poder?
Poder es que te quieran como al Beto Pianelli.

Eternamente Gracias Betito.


Vuela alto Beto querido

Por Alejandro Ortiz, conductor línea E.

La vida en este mundo parece que se ensaña con los buenos, los imprescindibles.

Los malos parece que ganan, aúllan los malos, gritan los malos porque otra cosa no saben hacer, más que daño.

¿Por qué? Es una pregunta que no puedo responder ahora.

Tengo sentimientos de orfandad porque un hecho así donde se va un ser querido, es también el vacío que deja el interrogante que el ser humano de vez en cuando, se muere, esa costumbre ¡maldita costumbre!.

Gracias Beto por hacernos mejores personas, por darnos un interés que no sea el mercantil, por hacernos conscientes del otro aún con las diferencias que uno pueda tener, defendernos espalda con espalda, que si estamos unidos tenemos una fuerza descomunal.

En tiempos en donde, es un sálvese quien pueda, en tiempos donde primero yo, segundo yo, y tercero yo, en tiempos donde los malos realizan maldades sin ningún freno.

En estos tiempos más que nunca, debemos estar unidos, en estos tiempos más que nunca el enemigo es común a todos . En estos tiempos es cuando debemos estar espalda con espalda, porque está vez aunque parezca poco, tenemos mucho para perder, pero está vez tenemos mucho para ganar.
A no quedarnos de brazos cruzados, a sacar lo mejor de cada uno, siempre en función de todos.

“Porque los trabajadores estamos cansados de perder”. “Queremos vivir, dignamente, disfrutar de nuestros afectos, de nuestra familia, para seguir aprendiendo”.

Gracias por sacar acciones extraordinarias de cada uno, Gracias por esto que nos enseñaste.

PD: Beto era el único sindicalista que hasta hace unos años alquilaba, tenía un auto como cualquiera de los afiliados. Eso también era distinto de lo que estábamos acostumbrados. Sindicalistas que viven como empresarios.

Da bronca que siempre se vayan los buenos quizás debemos cambiar la lógica no? Porque para cambiar lo que hay que cambiar se necesita buena gente y Beto además de dirigente, compañero, padre, era un buen amigo, era buena gente. Gracias.


Abajo y a la izquierda está el corazón

Por Diego Cuadrado, Guarda Línea A

Las personas comunes, en el mejor de los casos, solemos aspirar a mejorar la vida de nuestros seres queridos. A dejarles el camino lo más allanado posible a nuestros hijos, para que la tengan un poco más fácil que nosotros. A ayudar a esa madre o abuela que cobra la jubilación mínima. A acompañar a ese amigo que atraviesa un mal momento. Pero rara vez barajamos que exista la posibilidad de transformar la vida de miles de hijos, madres y abuelas.  

Ese fue Beto: una persona tan aferrada a sus convicciones que, aun en aquella Argentina de los 90, tan asediada por la resignación y el “sálvese quien pueda” (déjà vu), supo contagiar a sus compañeros la esperanza de que luchando se podía torcer un destino que parecía inevitable, y hacer realidad para todos lo que otros no se atrevían a soñar ni siquiera para sí mismos.  

Por eso, desde el momento en que me enteré de esa noticia tan inesperada como carente de sentido, sentí la necesidad de escribir algo sobre esa persona que nos cambió la vida. A los que trabajaban en el subte, a los que entramos después y, si sabemos custodiar lo conquistado, también a los que vendrán. Y es que mi realidad actual hubiera parecido un sueño comparada con aquella época en la que trabajaba no menos de diez horas por día en una pyme textil, cumpliendo mil funciones, con tres meses de atraso en un magro sueldo y la angustia permanente de no saber cuántos meses más tendría trabajo. Fue gracias a la lucha de Beto y de tantos compañeros y compañeras que, al entrar al subte, descubrí que existía una vida más digna y la posibilidad de proyectar un futuro que hasta entonces parecía inalcanzable.  

Pero no fue solo por eso que lo lloré como si se tratara de un familiar o un amigo de toda la vida, aun sin haber sido ninguna de las dos cosas. Puede que en mi llanto hubiera mucho de gratitud; puede también que necesitara llorar por tantas otras cosas y él haya sido el detonante. Pero sé que, en gran parte, fue por lo intangible: aquello que no se mide únicamente en salario o derechos laborales.  

Hoy, que sería su cumpleaños —ese que venía planeando desde hacía un mes y que quería festejar con todos—, decidí terminar de escribir estas palabras que venía postergando. Pero al encarar la hoja en blanco son tantas las cosas que me pasan por la cabeza y que valdría la pena destacar, que resulta imposible escribirlas todas, y mucho más elegir una y quedar conforme.  

Decidí, entonces, no extenderme enumerando logros y luchas que ya son de sobra conocidas, sino aprovechar el privilegio de haberlo tenido cerca algunos años para destacar esas cosas que, para mí, lo hacían imprescindible.  

Reescribiendo las reglas del juego

Casi todos nos criamos bajo la lógica del neoliberalismo. El machaqueo constante de esos dogmas fue moldeando nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos. Y aunque nos esforcemos por desarmar los andamiajes de esa visión del mundo que nos inocularon desde chicos, y pretendamos adoptar posturas contrahegemónicas o “progres”, muchas veces terminamos debatiendo en el terreno del enemigo y aceptando como válidas sus reglas de juego.  

Beto parecía inmune a todo eso, como si pudiera verlo desde una perspectiva propia que no se dejaba contaminar por lógicas de mercado. Ante argumentos basados en cálculos rigurosos de costos y productividad, él contraponía verdades tan elementales como que venimos a este mundo a ser felices, y no a embrutecernos trabajando. Desnudando en un segundo la incoherencia de esos discursos que pretenden convertir nuestra vida en un engranaje más de una máquina de generar ganancias.  

Tenía la virtud de mantenerse humano en un mundo cada vez más mercantilizado, y eso le daba la claridad arrolladora de esas verdades esenciales que todos conocemos pero que quedan sepultadas bajo la lobotomía de un sistema en el que ser humano no es redituable.  

En un presente plagado de discursos escritos por asesores y debates “coucheados”, él simplemente decía lo que pensaba, hacía lo que decía y, más importante aún, vivía como pensaba.  

Podría destacar aquí su honestidad, tanto intelectual como material, de la cual hay sobradas muestras para cualquiera que conociera su estilo de vida. Y no dejaría de ser una rareza en los tiempos que corren. Pero esa honestidad era en parte consecuencia de algo más excepcional, que es el haber comprendido que la forma más auténtica y duradera de felicidad la dan las cosas que no tienen precio, sino valor: las reuniones, las charlas, la risa, la lectura, el arte, la música, las comidas compartidas. Aquellas que permanecen hasta el final y no conocen de obsolescencia programada.  

Leí por ahí que era una persona que hacía de la amistad una institución, y me pareció que lo describía a la perfección. No sabía vincularse de otra manera. Su humor, su carisma innato, su paciencia para explicar una y mil veces, y esa transparencia que solo tienen quienes hablan desde las convicciones, hacían que incluso las relaciones que nacían como algo estratégico o profesional terminaran derivando en algo más.  

El ejemplo más claro fue ver a tantos trabajadores, militantes, sindicalistas, políticos y periodistas que se hicieron presentes o escribieron palabras de despedida que no nacían solo del respeto o la afinidad ideológica, sino del afecto sincero y el dolor de haber perdido a alguien que era mucho más que un secretario general, un colega, un posible aliado o un eventual entrevistado.  

Beto era lo que profesaba y lo que pretendía para los demás, y es por esa autenticidad que era capaz de llegar al corazón de las cosas y convencer a cualquiera de que valía la pena luchar por ellas.  

Pero quizás lo más excepcional es que a pesar de haber liderado y ganado luchas que parecían imposibles, de haber llegado de ser un simple boletero a dejar una marca imborrable dentro de la historia del sindicalismo, Beto nunca dejó de ser El Beto: aquel militante adolescente de sonrisa franca y semblante alegre que soñaba con cambiar el mundo. 

Luchar, vencer, caerse y levantarse

A veces siento que la vida tiene un sentido de la oportunidad nefasto: se lleva a las personas imprescindibles justo cuando ya estábamos demasiado acostumbrados a tenerlas, cuando dábamos por sentado —aunque lo supiéramos imposible— que iban a estar ahí para siempre. Es como si nos dijera: “Bueno, ¿a ver cómo se las arreglan ahora? ¿A ver si aprendieron algo?”. Y aunque sepamos que el único camino posible es levantarse y seguir adelante, el sentimiento de orfandad es inevitable.  

En lo personal me ocurre algo parecido a lo que me pasa con El Diego: me resulta imposible asumir su ausencia. Sé que inconscientemente voy a esperar cruzarlo cada vez que pase por el sindicato. Que voy a andar por ahí creyendo que va a aparecer en cualquier momento con sus bermudas y su riñonera haciendo algún comentario irónico sobre cualquier tema. Y que voy a estar esperando su opinión esclarecedora al final de cada debate, con esa lucidez para leer la coyuntura que despertaba mi admiración y lograba, sin dejar de ser realista, quitarle dramatismos e inyectar una cuota de esperanza aun en los peores escenarios.  

No voy a caer en la tentación de decir que el mejor homenaje que podemos hacerle a Beto es ser como él. Sería una linda declaración de intenciones, pero sinceramente no creo que personas así nazcan todos los días, ni todos los años, ni todas las décadas. No creo que ninguno de los que quedamos pueda ser como Beto.  

Pero si algo se cansó de repetirnos es que nuestra fuerza reside en la unidad. Así que, aun sabiéndolo irremplazable, si hacemos el esfuerzo de ser una parte de su docencia militante a la hora de explicar y convencer, de su vocación por preservar la unidad sobre cualquier diferencia y de su determinación por encontrar un camino incluso en los momentos más difíciles, entonces sí, en ese esfuerzo conjunto, podremos estar a la altura de sostener su legado y aspirar siempre a ir por más, como él hubiera hecho.  

O, en palabras de una de las personas que más lo conoció y acompañó desde el comienzo: “El vacío que deja Beto somos todos nosotros”, y probaremos que todos nosotros “juntos somos invencibles”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *