BELASCOARÁN SHAYNE, DETECTIVE INDEPENDIENTE

POR KIKE FERRARI, ESCRITOR, TRABAJADOR DEL SUBTE.

El escritor mexicano Paco Taibo II es, además de un activista político-sindical-cultural, es uno de los mejores creadores de personajes de la literatura. En cada uno de sus libros, inscriptos, en lo que llama la Nueva Novela de Aventuras –un cruce genérico que incluye la novela policiaca el folletín, la novela de aventuras, la novela negra– nos trae una galería de personajes tan vívidos como entrañables.

Aprovechando que en Netflix puede verse la serie basada en el más famoso de ellos –el detective Héctor Belascoarán Shayne– les acercamos una semblanza del personaje para que lo vayan conociendo antes de sentarse frente a la tele o, mejor aún, a cualquiera de las diez novelas –una buena novela dura más que un orgasmo, que una película, y tiene la virtud de hacerte ver el mundo con los ojos de otro, dice Taibo– que lo tienen de protagonista.

Héctor Belascorán Shayne nace en el Defe, donde luego será su base de operaciones como detective independiente. Aunque habrá casos que lo lleven a otros paisajes: la frontera norte de México, una inexistente región sureste y, a principios de los noventa, en su último caso hasta el momento, a Madrid. 

La fecha de su nacimiento es incierta. Dependiendo la novela será el 5 de enero de 1944, el 11 de enero de 1952, en febrero de 1949.  Si promediamos, podemos fijarla en mediados de mayo de 1948. Usted elija.

Es hijo de José María Belascoarán Aguilar, un capitán de marina de origen vasco que combatió en distintos frentes al nazismo durante la segunda guerra mundial, y Shirley Shayne, una cantante irlandesa de folk. Tiene dos hermanos menores: Carlos, que es sindicalista, y Elisa, su confidente.

A mediados de 1975, Héctor se separa de su esposa, renuncia a su trabajo como ingeniero electromecánico en la compañía General Electrics, compra por trescientos pesos una licencia de detectives en una academia que brinda cursos por correspondencia; una pistola, presumiblemente Colt, calibre treinta y ocho, y un escritorio usado en la Lagunilla. Luego se instala en una oficina sobre la calle Donato Guerra, cerca del metro Pino Suárez, en la que bebe pepsicolas directamente de la botella, fuma uno tras otro Delicados largos con filtro y se pone a investigar su primer caso: el del estrangulador que se hace llamar Cerevro.

La oficina la comparte, primero, con el plomero Gilberto Gómez Letras. Luego, también, subarriendos mediante, con Javier el Gallo Villarreal, especialista en redes cloacales, y el tapicero Carlos Vargas.

Ellos, junto con sus dos hermanos, conformarán el núcleo duro de una red de aliados que, a lo largo de las novelas, incluirá, entre otros, a Marina, a una estudiante de filosofía de tercer año; los luchadores el Angel II y el Horrores; un escritor de la Condesa, un poco suicida, llamado Paco Ignacio; el conductor del programa radial “La hora del Cuervo”, el Cuervo Valdivia y, cuando este renuncie para irse a Puebla y el programa pase a ser “La hora de los solitarios”, su reemplazante, Laura Ramos y Luís Méndez, licenciado en periodismo y recepcionista del turno nocturno de un hotel madrileño de segunda. 

De la misma manera, a Hugo Cerevro Márquez Thiess, se irán sumando a la vida de Héctor otros enemigos, los más relevantes quizá sean un ex compañero de estudios, Arturo la Rata Melgar y dos policías: el mayor Silva y el comandante Paniagua.

Aunque tiene algunos amores, platónicos y no tanto, la única mujer de la que está enamorado es la Muchacha de la Cola de Caballo, una piloto de carreras, que maneja un Renault, a la que los demás conocen como Irene Robles Camarena.

Héctor, que suele vestir tejanos (que yo llamo vaqueros), camisa algo abierta y una chamarra (a la que yo le digo campera) de cuero de solapas anchas bajo la que abulta la sobaquera, también de cuero, de su pistola. Tiene un bigote tupido, villista y, aunque no lleva tatuajes, con el paso de los casos su cuerpo será un muestrario de violencias: llevará un parche cubriendo su perdido ojo izquierdo, media docena de marcas de balas en la espalda y una leve cojera en la pierna derecha, entre otras múltiples cicatrices.

En el final de la cuarta novela de la saga es asesinado pero, como Sherlock Holmes, de la mano de sus lectores, ese mismo año volverá de entre los muertos a la misma ciudad y bajo la misma lluvia.

Además de la pistola calibre treinta y ocho que compró y registró a su nombre, tiene otra, que fue de su padre y que lleva las iniciales del mismo grabadas en la culata.

Suele manejar automóviles Volkswagen, de alquiler, hasta que a fines de 1975 se compra, a crédito, uno de la misma marca, pequeño y rojo, en Autos García Crespo.

Cuando no está tomando refrescos embotellados, bebe alguna cerveza. Su comida favorita es la sopa de cangrejo.

No tiene un apodo fijo pero la hija de una de sus clientas lo llamó Ángel Guardián y durante su exilio voluntario en las playas sinaloenses, los pescadores de Puerto Guayaba le decían el Inge Solitario.

Tiene un método de investigación que es, según su propia definición, inductivo, cuasi metafísico, de carácter impresionista y en el que valen verga las huellas dactilares.

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