Acoplando

Entrevista a Riggio

Juan Pablo Riggio: Un pintor de profundidades
Su producción actual como artista plástico explota cuando se encontró con Graciela, una profesora de IUNA que lo alentó a participar en un concurso que dio la medida de las posibilidades de su obra. Una entrevista para conocer a nuestra gente.

En la búsqueda de un camino hacia lo trascendental, lo íntimo, lo profundo ¿Cómo empezó el arte con vos, el arte vino a vos o vos lo empezaste a buscar?
Es complicado, eso te lo puedo responder de acá a cuatro años atrás, a 10 o a 20 o cuando vine a este mundo. Vamos a empezar desde esta etapa que es el presente. La pintura es un ejercicio que empecé cuando me alejé de la música, soy DJ, muy en el under, vinilos… En un momento no me gustaba mucho lo que estaba pasando, no sé si yo estaba madurando… había cosas que no me gustaban. Y tiene que ver mucho con lo que pasó con la fiesta de la Tecno art, de hecho tengo mi entrada en el bolsillo. Era algo que ver con eso, me sentía cómplice de esa función destructiva y terminé alejándome un poco. Estuve experimentado con el teatro, musicalicé la Alegoría de la Caverna, luego hice otra obra “Trascendencia realidad trascendencia”. Termino eso, sigue la vida. Pasó un tiempo, pero tenía una necesidad imperiosa de expresión. Ni siquiera sabía que podía ser una expresión artística, no estaba seguro de qué podía hacer. Era un vacío que no estaba muy claro. Me voy a la casa de un amigo, el “Mono” Rauch, que es DJ. Estábamos en la terraza. Me dice: “te consigo unas fechas para tocar, para bajar la tensión”. Finalmente terminé tocando música en un club de Palermo. En ese momento se me cruza hacer algo diferente y voy y me compro un bastidor entelado de 1.20 x 0.80 y algunos óleos, y saqué una pintura. Tardé un tiempito, pero saqué una pintura. La miro a la pintura, la empiezo a ver, y esto es algo difícil de explicar: cuando vos te encontrás con la obra, algo, al mismo tiempo te encontrás, decís “acá hay algo interesante, algo profundo”. Hay que sacar de lado si la obra está buena, es fea o es mala; eso lo dejo para el otro, para el espectador. Había algo que me llamó poderosamente la atención. Entonces la obra la comparto con íntimos, “tienen que venir a casa a ver lo que estoy pintando”. Estaba como si hubiese parido esa criatura. Ya estaba saliendo, se estaba comunicando la obra, teniendo su diálogo con los espectadores, con amigos, con conocidos. Entonces me dije “vamos a ver si esto es verdad”. Habrá pasado un año; empecé a hacer exposiciones colectivas, me puse a dibujar. En un año pasó esa catarsis. Tenía alrededor de 60 obras, hablaba con una profesora del IUNA y me decía “acá pasa algo, no es una producción normal. Hay un concurso me dijeron si querés participar”.
No podemos más que preguntar cómo llegó, Juan Pablo, a esta producción actual como artista plástico y nos cuenta que de chico habría dibujado pero que hasta que se encontró con Graciela, profesora del IUNA, y ella lo alentó a participar en un concurso no dimensionó las posibilidades de su obra. Ganar el concurso, ese feedback le hizo ver de dónde venía (su casa pobre, sus padres trabajadores, sus discos) y a dónde podía ir (a la pintura).
Cuando fuimos a tu muestra nosotros veíamos que la gente tenía esas cuestiones de sentir cosas fuertes con la pintura y a la vez notaba que te abordaban, te tenían como veinte minutos preguntándote: ¿qué es esto, de dónde lo sacaste, cómo se te ocurrió? Se veían impresionadas.
Por ejemplo, había un compañero me preguntaba “cómo hiciste esto”. No me preguntaba por el color o la forma. Incluso me preguntaba en qué estado estaba cuando lo hice. Es una cuestión recurrente si había tomado algo… De hecho, un médico Juan, que es neurobiólogo…Tuve una entrevista porque él quería saber de dónde había salido todo eso. Me decía “si empezaste en tal año, no podés tener 90 obras porque es una producción inhumana, no puede ser…”. Entonces yo le dije que mi vieja es así, mi viejo tal otra… No es que tuve un abuelo poeta, no. Yo lo que tuve fue un clic, un vacío tremendo, una angustia, y a partir de eso trabajé mucho y traté de resignificarlo. Y bueno, no es que la tengo atada con esto. De hecho, ahora estoy haciendo obra y por ejemplo me pasa que cada obra, hay un momento que me dan ganas de tirarla a la basura, que me da bronca, no me sale nada… Pero cuando atravesás eso, es una sensación… Me pasó con un cuadro que se llama “Tuyutí”, que lo tuve como dos o tres meses. Y en un momento lo encuentro con el color, y sabés me agarró una sensación física, como un enamoramiento.
¿Sos de los que creen que uno tiene que nacer para esto, que uno tiene cierto privilegio o que en realidad todos tenemos ese privilegio y que, en algunos, como en tu caso despierta en determinado momento y no tiene nada que ver con que tu familia sea artista o vos te hayas formado?
Es un extraño privilegio, que implica un montón de cosas negativas y oscuras, con las que tenés que lidiar cuando te tomás tu arte con responsabilidad. A mí me pasó eso que en un momento me dije que esto lo tengo que tomar con responsabilidad. Responsabilidad significa que no voy a sacar una obra si no considero que la obra no está terminada. No voy a hacer un uso deshonesto. Si no tengo obra buena, no la voy a sacar, a pesar de que llega un momento que vos hacés un garabato y la obra te la van a colgar igual.
Es interesante oír hablar a Riggio del trabajo del artista con las características de un trabajo como lo conocemos los trabajadores: responsabilidad, honestidad. Dice haberse “encontrado” y a la vez que la obra le permite encontrarse con otros y que para que eso suceda hay que “laburar muchísimo”. Y así lo hace: su cabeza está todo el tiempo trabajando y de pronto todo se articula plásticamente y surge la obra.
Desde tu lugar como laburante, en tu tarea del taller, laburo pesado, no surgen muchos artistas de esos lugares. ¿Qué pensás, es por cansancio físico o es solo cultural?
Tenemos que hablar de idiosincrasias, de Buenos Aires, más allá del trabajo. Encima laburo más porteño que el que tenemos nosotros… Estás en el subte, en Chacarita. Para mí fue un impacto enorme venir desde Tigre y empezar a trabajar directamente en el centro. Caí acá en el barrio, como Once, Constitución, y hay una dicotomía de gente: desde gente linda a gente de mierda; todo junto en todos sus matices, y pasa en estos barrios. Y el ambiente del subte es como una cueva, una caverna. Es raro. A mí me pasó eso: estar en ese taller de Rancagua, es un taller importante… la gente, la gente que te encontrás ahí. O sea, si estás un poco loco ahí te largás. No es el trabajo que enloquece, sino la gente que trabaja. Encima entré con gente de subterráneo, cada elemento, gente loca. Así, con gente así, al principio te asustás, y después le das rienda suelta a cualquier locura. Sin embargo, me encontré con gente brillante en todo sentido, con músicos, con gente que es brillante en lo que hace. Y hay gente en la política, tuve el extraño privilegio de conocer a Charly Pérez. Hay gente que te estimula mucho, yo tengo tres o cuatro personas en mi vida que tengo que agradecer porque te estimulan, entre ellos Charly. Algunos pintores, pintoras. Gente positiva.
¿ Cuándo fue surgiendo esto ?¿Sentiste que en algún momento necesitabas ayuda? Porque para aquel que no ha tenido un acercamiento previo, no sabe lo que es un papel de marca para pintar, la utilización del óleo es distinto al acrílico, ¿cómo te fue con esto?
No tener idea para mí fue una ventaja. Soy una persona que vengo de un lugar de tener nada o casi nada, entonces te encontrás gente que no tiene eso, que es muy creativa. Por una cuestión de necesidad, hacés algo con nada o poco, y ya formás algo: esta cuestión de hacer que la cosa sea, de que el ente deje de ser ente, de hacer que ese ente sea algo. Y eso es algo que tiene la gente que le faltaron las cosas. Yo me siento de ese mundo, no siempre tuve un buen laburo, al contrario. Imaginate a ese nivel de formar casi con nada, a poder comprarte el óleo que vos querés: “Ahora que vendí ocho cuadros, me voy a comprar óleos Rembrandt franceses”. Venís de la nada y te podés comprar algo; es genial. De pintar en un cartón y después tener un mango para comprarte una buena tela, buenos óleos, buenos pinceles; ahí está bueno.
¿Te gusta más ir construyendo o deconstruyendo el color?
Lo mío es el caos, más bien todo lo contrario a lo que me planteás. Yo planteo que la obra sea es un caos. Lo planteo y lo formo, trato de generar que aflore esa tensión interna. Pero tengo una tensión enorme. Hay un juego, esa tensión, ese chispazo… Cada chispa es un cuadro, cada chispa es un dibujo. Eso es la obra para mí. Cuando estoy tranquilo, no estoy muy creativo. No me procuro el control sino todo lo contrario: trato de procurarme cierto descontrol general y a partir de esas tensiones que nacen, formar obra. En la búsqueda de equilibrio sobre esa tensión, lo que queda, todo lo que decanto en toda esa tensión, todo lo que está abajo cuando lo saco, esa es mi obra.
¿Sentís que cuando hay un clima interno de armonía, es controlado, no es real para vos?
Le tengo respeto a esos momentos también porque los necesito, pero soy consciente que necesito momentos de irrealidad. Si me das rienda suelta viviría cien por ciento del día en la irrealidad. Sin embargo, hay afectos, hay familia, hay contenciones; hay una red de cariño que no quiere que estés todo el día en la irrealidad. Entonces cuando llegan esos momentos de tranquilidad estoy con mi familia, estoy con mis hijos, estoy con mi esposa. Todo el mundo sabe que la vida artística es parte de mi vida cotidiana, no hay un momento ni me voy a pintar a un taller a 20 kilómetros de mi casa. Todo pasa ahí, todos sabemos lo que pasa, todos sabemos que necesito momentos de irrealidad. Y cuando estoy muy tranquilo trato de procurármelos. Porque no me siento muy bien tampoco estando todo el tiempo tranquilo, no es mi búsqueda.
Cuando le preguntamos por su motor, por su búsqueda, Juan Pablo aclara que no es “un tipo que busca la felicidad” sino que más bien se deja encontrar por “sensaciones sutiles” que mientras son vividas puedan ser plasmadas en colores y no solamente en la tela. Pintar la vida, la música, un sonido.
Para mí queda claro que es bien orgánico lo tuyo, bien de adentro.
Es lindo lo que decís, porque la obra en un 90% tiene que ver con eso de adentro hacia afuera. De hecho, hay obra que está raspada, rayada, formada desde abajo. Después, capas y capas y capas, luego rayada, sacada y extraída. Y de allí de adentro hacia afuera sale ese sujeto que se fuma un cigarro, es un gordo en una silla fumando con toda la imaginería; todo eso está de adentro hacia afuera.Gracias a Dios, constantemente me proponen “tenés que estudiar arte”. La verdad también que soy fácilmente influenciable, entonces tengo muchísimo cuidado, al tener abierto todo el rango del abanico.
Todos asistimos entusiasmados a la exposición en San Isidro y nos encontramos con algo que no esperábamos: la obra en vivo. El pintor explica que una curadora lo acompañó a colgar y que se vio sorprendido por su propia obra expuesta y, más aún, por el efecto que producía en sus espectadores: “la subjetividad del espectador termina definiendo la obra”, pintor y espectador conforman, finalmente la obra, dice.
¿Cómo es tu relación con esto de vender obra?
Hay interés afectivo, es como si estuvieras abriendo camino, y en cada senda vas plantando una bandera. Yo vendía antes y después de mostrar en las embajadas. Cuando vos empezás a vender, más allá del estímulo y las contradicciones que te produce, te va dando la pauta de que esto es real; gente que viene y te pide una obra con absoluta confianza. Yo lo que estoy buscando es la expresión. Al principio le mostré a los íntimos, gustó; luego gané premios, expuse, vendí obra. Ahora estoy buscando una especie de marchand al que le guste la obra, que esté comprometido con la obra, y que tiene eso que yo no tengo. En dos meses expongo en Madrid y en Alicante, y luego la posibilidad de Portugal y en Londres. Esto llega así, primero lo imaginé, lo deseé, lo quise, y después le puse el cuerpo.
Convengamos que tu desarrollo interior con la pintura es bastante singular, poco convencional. ¿Pero no creés que, en un proceso de aprendizaje al intentar hacer una obra como la de un artista, como tratar de pintar, de algún modo estás tratando de ver cómo veía, qué colores usó, por qué usó esos colores?
Yo te decía que era influenciable. Por ejemplo, vi la obra de Dalí, es impactante, es un genio vivo. Y si sos sensible e influenciable, hay que tener cuidado. Yo los miro con admiración. Por lo que conozco, muchos pintores están influenciados por estos genios, es difícil.

Picasso pasó por todos los estilos, todas las escuelas, hasta que hizo un garabato y salió una paloma; bueno, una genialidad sin duda. Pero tenés un Modigliani, que pasó solo por una escuela, sin embargo, tiene un sello personal, único.
Bueno, con gente así me tomo a un café, aunque no me guste su obra. Porque hay un alma profunda, alguien que busca, algo que no es mundano, algo que es tan rico. Estábamos hablando un poco de eso, de filosofías orientales y occidentales. El que busca eso, el que está en esa búsqueda, yo con ese me tomo un café.
Tano Pisani, Alejandro Ortiz

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