Acoplando

CRÍTICA DE CINE. «Crímenes de familia». La sagrada familia

POR JÉSICA CAMPOS. TRABAJADORA DEL SUBTE. BOLETERA. LÍNEA D
Crímenes de familia, escrita y dirigida por Sebastián Schindel, es la nueva producción argentina de Netflix y expone la violencia que muchas mujeres sufren y padecen mediante tres historias. Aunque haciendo especialmente alusión a una voz por sobre las demás. Cuenta con la participación de Cecilia Roth, Miguel Ángel Solá, Benjamín Amadeo, Sofía Gala Castiglione, Yanina Ávila y Paola Barrientos.
 Alicia encarna el estereotipo de mujer de clase alta. Vive en el barrio de Recoleta, se junta a tomar el té con amigas a las que no les puede contar nada, conocida es la hipocresía de aquellos a los que solo les importa quedar bien en sociedad y antes los ojos de Dios. De hecho, vemos al principio varios cuadros de Jesús y una estatua pequeña de la Virgen, mujer abnegada y pura si las hay, porque tuvo un hijo sin cometer ningún «pecado». No fue porque lo deseó. No fue porque abrió las piernas como muchos antiderechos gritan. María cumplió con su único objetivo en esta vida: ser madre. Y de acá para adelante parece que nadie se atrevió a cuestionar la maternidad. Si tenés útero, tu único rol en sociedad es parir, incluso a costa de tu propia vida. Todo lo demás, desde la educación, pasando por el placer, hasta el trabajo, es solo secundario.
Además primero está la familia.
La película gira en torno a Alicia. No solo porque tienen intervenciones mínimas las otras dos mujeres, a quienes nos obligan a considerar como «protagonistas» (parece que el director prefiere quedarse con las palabras antes que los actos) sino porque es su visión la que se impone y es a ella, y solo a ella, a quién se busca perdonar. Después de todo, eso hace el buen cristiano. Perdona. Todos somos iguales ante los ojos del Señor. No hay diferencias socioeconómicas, ni políticas, ni privilegios, ni meritocracia, ni patriarcado, ni clases, ni capitalismo. Y si lo hay, hay que bancársela. «Porque Dios así lo quiso». Todo sea con tal de justificar lo injustificable.
Gladys vive bajo las reglas que Alicia impone. Porque ella es su empleadora y encima la tiene en negro, negándole derechos básicos ya conquistados el siglo pasado. Si esto no alcanza para la indignación popular, basta con poner pausa y ver la cifra miserable que se registra en el recibo. Pero bueno, como son ellos «los que dan trabajo» hay que estar agradecidos. Gladys es agradecida. A pesar de que su jefa la maltrata y hasta la amenaza con dejarla en la calle si queda otra vez embarazada. Porque en esa casa no hay lugar para otro pibe. Con Santiago, un pequeño de 3 años, es suficiente.
Marcela, es la nuera de Alicia, recordemos que las protagonistas son definidas bajo su perspectiva y existen a medida que ella las nombra. De hecho, antes de conocer a Marcela, ya sabemos que es una negra de mierda, resentida y mentirosa, que le impide a Alicia ver a su nieto y encima inventa una denuncia contra su querido hijo, Daniel, quien ya lleva un tiempo en la cárcel. Así se lo cuenta Alicia a sus amigas que por supuesto no pueden más que asentir. Igual en algo tienen razón. La justicia argentina archiva una tras otra las causas de violencia doméstica.
De hecho, la imagen del juzgado en el que se encuentra Gladys parece dejarlo todavía más claro. Porque detrás de la señora que le toma los datos y le explica que es acusada de homicidio agravado por el vínculo, hay pilas y pilas y pilas de carpetas. Cada una de ellas suponemos que es un caso y muchos están a punto de caerse. Sin embargo, el silencio de Gladys no tiene que ver con esto, sino con el hecho de que es semianalfabeta (como más tarde declararía la psicóloga que interviene en su caso) y víctima desde muy chica de abuso por parte de su padre, ante la ausencia de su madre y probablemente el silencio cómplice de su nueva familia. Desde los 13 Gladys se encarga de la casa y hasta de los hijos de la pareja de su padre. No conoce otra vida. No cree que merezca otra vida. Las cosas son así, porque Dios así lo quiso.
Ahora llega el turno de que nuestra justicia clasista y patriarcal defina a las protagonistas. Después de Gladys, sigue Marcela. La vemos sentada en pleno juicio. Ya no hay tantas cámaras como con Gladys, resulta menos escandaloso y atractivo para los medios. Se trata nada más que de otra mujer víctima de violencia de género. Otra de las miles. Nada nuevo para ver. Nada digno de atención. Marcela denuncia a Daniel por violación a la propiedad privada, portación de armas, abuso sexual y lesiones agravadas por el vínculo, a lo que se suma la violación de la perimetral. Aún así, el primero en tener la palabra es Daniel. Quien dice que ella hace todo esto para que no vea a su hijo. Esa es su excusa. Ve a Marcela como una simple posesión. Por lo tanto tiene un poder sobre ella que justifica no solo el control, sino los celos.
Finalmente, Marcela habla y ya no puede parar. Cuenta que lo conoció hace 7 años. Que su familia había echado a Daniel de la casa, así que se fue a vivir con ella cuando quedó embarazada. Que él tenía 30 y ella 22. Que lo quiso y lo mantuvo y hasta tuvo 3 laburos, mientras él no hacía otra cosa que pedirle plata a sus viejos. Más tarde nos enteramos que hasta iba a la casa en Recoleta cuando no estaban y que era Gladys quien le abría la puerta. Se traza un paralelismo entre ambas historias. Pero volvamos a su declaración. Marcela dice que Daniel consumía cocaína y alcohol. Que cuando no lo hacía, se desquitaba con ella y la golpeaba y la escupía. Ella empezó a darle dinero con tal de que no toque a su hijo. Porque así logra reaccionar. Cuando Daniel amenaza con golpear a su hijo. Cuenta también que hizo muchísimas denuncias hasta que consiguió la perimetral. Pero Daniel decía que la amaba y que quería volver. Marcela tuvo que ir con un cuchillo cubierto de sangre, su sangre, para que por fin la escucharan y aún así, confiesa que fue peor el remedio, porque esto hizo que Daniel solo acumulara bronca.
El testimonio es largo, ininterrumpido y lleno de detalles, lamentablemente conocidos. Este no es un caso aislado.
Contrario a lo que se espera de una película que se vende como feminista y en la que interviene la ONU de mujeres y la Organización Internacional del Trabajo, incluso recibió algún comentario sobre las redes de sororidad por parte de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, el primero en reaccionar es Ignacio, el esposo de Alicia. Pero más que por una cuestión de justicia o incluso empatía, lo hace por plata. Ignacio ya no quiere poner un peso más por su hijo y por mucho que Alicia se lo reclame, no va a pagar la suma que pide el abogado para archivar la causa y quitar del expediente pericias claves en el caso de Marcela. Está harto y decide irse de la casa. Dejando a Alicia sola con Santiago, el hijo de Gladys, quien parece el encargado de redimir su accionar en muchos casos.
Basta agregar que Alicia es perdonada. Pero en lo personal creo que ya no alcanza con mostrar un pañuelito verde colgado casi al final de la película y tampoco denunciar la parcialidad del poder judicial. Hay que imponer otras salidas. Lo primero que me vino a la cabeza con el caso de Gladys es su similitud con el de Romina Tejerina («una infancia plagada de violencia tanto física como moral», «se encontraba sola esperando un niño sin padre» y «no tenía apoyo familiar») y no está de más aclarar que si bien estuvo en prisión, a diferencia de su violador que quedó libre, logró salir antes por la movilización y la lucha del movimiento feminista que llevó el fallo a los medios y hasta la mismísima Corte Suprema. Sirvió para que muchas mujeres rompan el silencio. No solo en Jujuy, sino en el resto del país.

Y esta también es una historia real.

SUBTERADIO
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