MUJERES SOBRANTES: LAS JÓVENES CHINAS QUE LUCHAN CONTRA EL ESTIGMA DE SER SOLTERAS

POR JESICA CAMPOS, BOLETERA DE LA LÍNEA D.

Mujeres sobrantes es un documental corto, dura poco más de 45 minutos, y está dirigido por Shosh Shlam y Hilla Medalia. Se puede encontrar fácilmente en YouTube y la sinopsis dice lo siguiente:

«En China, las mujeres solteras sufren la inmensa presión de tener que casarse jóvenes. A muchas no les queda otra alternativa que enfrentar el estigma que conlleva ser llamadas “mujeres sobrantes”. Este documental sigue a dos solteras esperanzadas que buscan definir el amor según sus propias reglas».

Al hablar de reglas, hablan de mandato. Al hablar de mandato, hablan de obligación y esta se logra a base de presión. Presión hecha tradición en China y avalada por políticas gubernamentales. Es difícil hablar de amor cuando es solo otro producto del mercado.

En la primera escena vemos un corazón gigante en el medio de la calle, pisoteado por varios. Una de las protagonistas lo atraviesa.

Qiu HauMei es abogada, tiene 34 años y se dirige a una agencia de casamenteras. La tecnología avanza y los servicios mejoran. Pero los mandatos milenarios aún no han sido cuestionados. Se exponen en las paredes fotos de parejas casadas y sin tapujo se habla del «mercado matrimonial».

La entrevista la incomoda a ella y me incomoda a mí. «No eres hermosa en el sentido tradicional y ya estás vieja».

La belleza tiene como objetivo conseguirte un marido y la edad importa mucho, cuando tu destino natural es ser madre. La crueldad con la que se dirige la casamentera (y no va a ser la única) parece estar justificada frente a los estándares de Qiu.

«Que tenga una buena educación. Que respete a la mujer y comparta las tareas del hogar».

Altísimos estándares.

La industria del matrimonio solo tiene como fin reproducir la especie. No se trata de amor o felicidad o compañerismo. No cuando es una política del gobierno.

De hecho, el Estado, explica el documental, considera una amenaza a las mujeres solteras de más de 25 años. Tratar de amenaza a quienes no sirven a un hombre encerradas en su casa, sino que simplemente tienen otros proyectos, ya es un montón. A tal punto que si no se casan antes, son consideradas sobrantes. Bajo semejante rotulo, y las propagandas oficiales, señalando, literalmente, a estas mujeres, ¿qué más se puede esperar?

«Si llegás a cierta a edad y no estás casada, cualquiera puede burlarse de vos», explica Qiu.

Las mujeres tienen un rol definido y obligaciones que vienen con él y también deben cumplir. Qiu sufre mucho esto y hay algo que quiero remarcar: ella no es egoísta y no quiere mandar todo a la mierda. Prueba de esto es que no quiere decepcionar a sus padres. Qiu los ve preocuparse y sufrir por ella y le hace mal. Sin embargo, tampoco puede ir contra sí misma. Este es el problema. Esta contradicción no logra resolverse y termina con ella en el exilio. A ella la expulsan. Como el sobrante que dicen que es.

Qiu choca también con un mandato todavía más duro, milenario. El documental menciona que en China existe la política de un solo hijo. De esta forma queda expuesto como interviene el Estado en la intimidad de la pareja y la familia. Lo privado es público. No se trata de lo que quiera el individuo, se trata de lo mejor (según ellos) para la comunidad.

«¿Tenés pensamientos acerca de no tener hijos?». pregunta la casamentera.

La mujer está pensada y construida en comunidad y la comunidad está primero. Qiu quiere ser aceptada y en su historia se ve lo mucho que lo intenta, cita tras cita, desde parques públicos donde los padres ofrecen el CV de sus hijos, hasta boliches casi igual de deprimentes.

Aún así, hay varias cosas que llaman la atención. Por ejemplo, congelar óvulos o subrogar un vientre está prohibido en China. Ahora, lo que sí hay son bancos de esperma. La cara de desconcierto de Qiu, es también la mía.

Acá Qiu podría ser considerada una mujer exitosa. Sin embargo, allá el progreso está relacionado con tener un hombre al lado. El título no sirve para la crianza y un 30% de hombres en China las prefieren sin estudios.

«Tenés mucho carácter» dice la casamentera. «Tenés que ablandarte».

Ablandarse es necesario para resistir y no quebrarse. Pero lo que en este caso se busca es que Qiu se amolde a la fuerza. Al igual que todas las demás. La producción en serie debe continuar.

Qiu utiliza una analogía, propia de su tradición. Habla de las madres que le vendaban los pies a sus hijas y las hacían utilizar zapatos varios talles más chicos. Era un proceso muy doloroso y permanente que empezó entre las clases más altas. Todo porque se consideraba estético tener los pies pequeños y era una forma de atraer a posibles candidatos.

Las mujeres con «pies de loto» estaban exentas del trabajo. Su condición le impedía hacer varias tareas y el hombre que pudiera mantenerla, era considerado un privilegiado. Porque su esposa solo vivía para complacer y servirlo.

Esa presión constante, que logró quebrar los huesos de miles de niñas, hoy cobra otras formas. El orden social y el discurso oficial son igual de efectivos. Se reproducen bajo una mirada patriarcal que impone el mandato de la belleza hegemónica, la maternidad obligatoria y el marido como única forma de progresar en sociedad. Desde las políticas del gobierno, pasando por la propaganda oficial, hasta los padres.

«Siento que hay muchas voces a mi alrededor» dice Qiu. «Quiero tener una vida sin esas voces».

Y logra tenerla: en Alemania.

Pero este documental tiene dos protagonistas. Por lo tanto, dos experiencias distintas.

Gai Qi tiene 36 años y es profesora de cine. No hace falta que una casamentera le explique que hay un mercado matrimonial, ya lo sabe.

«El matrimonio es un negocio entre dos familias», dice.

Y lo acepta. Porque, tal como explica, su situación es más complicada. Si bien viene de una familia de intelectuales, como ella misma los define, el padre tuvo Parkinson a los 47 y esta enfermedad terminó de consumir su vida y sus ahorros.

Al principio se la ve resignada. Tiene un hombre adelante que no deja de ver la pantalla del celular. Ni siquiera nota la sonrisa forzada. No ve que realmente lo intenta. Nos habla a nosotras, desde una cocina pequeña y gris. Asfixiante.
«Nuestras familias no son de la misma clase social. Pero hay que ceder por el bien del matrimonio», dice Gai.

Su historia es de sacrificio. Ese es el eje. Si Qiu termina exiliada, Gai decide quedarse.

«Sí, me molesta» aclara su futuro esposo, cuando ella le pregunta por su edad. «Yo puedo aceptarlo, pero quizá otros no. Incluyendo a mis padres, familia y amigos».

Quedarse y aguantar y apretar los dientes, sentadita en la mesa recién servida, como una buena esposa. Hay una coordinación entre el futuro matrimonio. Parece que ensayaron todas las preguntas y respuestas. Saben qué decir y cómo actuar, frente a las cámaras y en sociedad.

Su boda es triste. Pese al vestido rojo brillante (rojo sangre, rojo sacrificio) que lleva Gai puesto. Es otro ensayo. Pero ahora la madre habla por ella. Gai se queda sentada, como la muñequita que es. Se deja maquillar y peinar.

«Tenés que sacrificar algo por tu matrimonio» explica la madre. «Es una tradición de miles de años. No podemos romper las reglas».

Gai se adapta. Nos enteramos también que está embarazada. Lo asume como algo «natural» dentro del matrimonio. Es lo que debe ser. Respira hondo, guarda silencio, espera a su futuro esposo, custodiada en una habitación. Toda la puesta en escena refleja la densa resignación de la protagonista y la asfixiante renuncia. De nuevo, cuesta respirar. Gai lo hace muy lento, de a intervalos.

El novio le pone los zapatos y ella sonríe para Instagram.

«Me especialicé en literatura, pero no voy a dar un discurso florido», dice Gai. «Solo quiero crear la felicidad más respetuosa contigo».

Sus palabras contrastan con el labial rojo brillante que lleva en la boca. Pero está bien. La gente aplaude y Gai puede soportar el peso de las miradas, por la ventana, cuando más tarde se encuentra sola en la habitación. Ni Qiu, ni Gai tienen intimidad. Son juzgadas constantemente.

Pero el documental hace foco en una diferencia, al parecer crucial en China, entre ambas: la maternidad. Qiu quería enamorarse y hasta casarse, pero no tener hijos. Gai se casa, y cuenta delante de varias jóvenes (cineastas o estudiantes) que su vida ahora es mucho más aburrida, pero, mientras baña a su bebé, dice que también hay más felicidad y belleza.

«Así es como es. Tuve que renunciar a algo», dice Gai, quizá en referencia a su carrera. «Nunca esperé un final feliz».
Decide concentrarse en el presente y se la ve, a punto de mudarse, a una habitación mucho más brillante y luminosa.

Mujeres sobrantes cuenta así, dos historias con dos finales. Si bien la cultura China es muy distinta a la nuestra, la experiencia de ambas mujeres, bajo una mirada feminista, que cuestiona tanto la maternidad obligatoria, como los mandatos de belleza y hasta la forma de relacionarnos, se siente cercana.

Hay un orden social que presiona a las mujeres, que nos limita, nos violenta y nos excluye. Pero seguro hay más de dos opciones. Qiu escapa y Gai se adapta. Sus historias no se entrelazan, porque están aisladas. Pero el Feminismo vino justamente a tejer redes entre nosotras. Porque solas no podemos cambiar las cosas.

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