Acoplando

San Martín: breve historia de un sable soberano

POR ALEJANDRO COLLI, DOCENTE DE HISTORIA. AFILIADO A UTE

Cuando en 1811, el Gral San Martín adquirió  el sable corvo que iba a acompañarlo en sus hazañas libertadoras del colonialismo español, es posible que de alguna manera haya intuido que esta arma se convertiría en el símbolo de la lucha por la soberanía de nuestros pueblos de América. En 1824, finalizada la Guerra de Independencia,  perseguido y espiado por el partido unitario y particularmente por el grupo rivadaviano ( Rivadavia, el mismo que por ese entonces inaugura la primera deuda “a 100 años” con la Baring Brothers), decide emigrar a Francia. Transcurrido 13 años de su ostracismo, en 1837 mandó a buscar su sable que había quedado en Mendoza. Un año después, con el comienzo del bloqueo francés sobre Buenos Aires, San Martín inicia las correspondencias con Rosas, quien gobernaba la Confederación Argentina. El 10 de junio de 1839, enterado del apoyo al bloqueo francés por parte de los unitarios de Montevideo, escribe a Rosas:

 

“…Pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer…”

En 1844, seis años antes de su muerte, San Martín en su testamento, otorga a Rosas su sable libertador, como una forma de gratitud y reconocimiento por su lucha en la defensa de la soberanía: 

“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel  de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataron de humillarla”.

Los “liberales” argentinos: el “mal del sable” y cómo ocultar la Historia.

Tiempo antes que Bartolomé Mitre escribiera su “Historia de San Martín” tan cuidadosamente aséptica para inundar los manuales escolares, los liberales unitarios antirrosistas, exasperados por el estima mutuo entre San Martín y Rosas, buscaron ocultar los hechos y atacaron a San Martín.  Sarmiento, le comenta en carta del 4 de septiembre de 1846 a su amigo Antonio Aberastain:

“…va Ud. a buscar la opinión de los americanos mismos (en Europa) y por todas partes encuentra la misma incapacidad de juzgar. San Martín es el ariete desmontado ya que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza; anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca…San Martín era hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez; habíamos vuelto a la época presente nombrando a Rosas y su sistema. Aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una pagina de la historia, estaban ahora turbios y allá en la lejana tierra veía fantasmas extranjeros, todas sus ideas se confundían, los españoles y las potencias extranjeras, la Patria, aquella Patria antigua, la estatua de piedra del antiguo héroe de la independencia, parecía enderezarse sobre el sarcófago para defender la América amenazada…” 

Valentín Alsina en carta a Félix Frías en 1850, escribió sobre San Martín:

“…como militar fue intachable; pero en lo demás era muy mal mirado de los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casos agrestes y cerriles contra el extranjero, copiando el estilo y la fraseología de aquel; prevenciones tanto más inexcusables, cuanto que era un hombre de discernimiento. Era de los que en la causa de América no ven más que la independencia del extranjero, sin importarle nada de la libertad y sus consecuencias…Nos ha dañado mucho fortificando allá y acá la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía legó a Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna y…pero mejor no hablar de esto. Por supuesto en el diario me he guardado de decir nada de esto…”

  Ese “viejo” con “debilidades terrenales” , “confundido” y “con enfermedad de espíritu” a decir de Sarmiento, les respondería de alguna manera, con la claridad y coherencia con la que escribiera a Tomás Guido en 1846 luego de la gesta de “La vuelta de Obligado”:

 “Si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España. Convencido de esta verdad, crea usted mi buen amigo, que jamás me ha sido tan sensible, no tanto por mi avanzada edad, como el estado precario de mi salud,que me priva en estas circunstancias ofrecer a la patria mis servicios, no por lo que ellos puedan valer, sino para demostrar a nuestros compatriotas, que aquella tenía aún un viejo servidor cuando se trata de resistir a la agresión más injusta y la más inicua de que haya habido ejemplar…”

 

El obstinado sable acompaña  luchas soberanas.

 Años después, cuando la guerra de la “Triple Alianza” llenaba de muerte al pueblo paraguayo, Rosas desde el exilio, lega el Sable  al mariscal Francisco Solano López, escribiendo a José María Roxas:

«Su excelencia el generalísimo, Capitán General don José de San Martín, me honró con la siguiente manda: “La espada que me acompañó en toda la guerra de la Independencia será entregada al general Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la Patria”. Y yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a su Excelencia el señor Gran Mariscal, presidente de la República paraguaya y generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompañó durante me fue posible defender esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido y sigue sosteniendo los derechos de su Patria».

Si bien el sable nunca llegó a manos de Solano López y quedó a resguardo, tras la muerte de Rosas en 1877, de su hija Manuela y su esposo Máximo Terrero, en 1897 es entregado al Museo Histórico Nacional. Ya en el siglo XX, el sable del General San Martín fue extraído en dos oportunidades por la resistencia peronista, en los años 1963 y 1965, en una acción simbólica de la lucha de un pueblo soberano proscripto desde la “revolución libertadora” de 1955.  La dictadura de Onganía, en 1967, por decreto dispuso transferir la guardia y custodia del sable al Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. 48 años después, el 24 de mayo de 2015, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner restituye el sable corvo al Museo Histórico Nacional, Parque Lezama, para que sea exhibido “como un símbolo para todos los argentinos de la lucha del General San Martín por la soberanía, la libertad y la integración de América Latina”. 

Fuentes:

 Castagnino, Leonardo en www.lagazeta.com.ar 

Chavez, Fermín. “Correspondencia entre San Martín y Rosas”, Ediciones Theoría, Buenos Aires 1975.

                                                                                                                                                                                                                                                            

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