Acoplando

LARRETA NO TE CUIDA

POR MÓNICA GABRIELA PUERTAS. LICENCIADA Y PROFESORA EN SOCIOLOGÍA POR LA UBA. DELEGADA GREMIAL DE ATE.

Para Larreta la escuela no contagia. Para Larreta la escuela empieza adentro del aula. En la escuela de Larreta, y de su ministra Soledad Acuña, no hay comunidad. Más allá de lo desopilante que nos pueda parecer el enfoque de modificar el espacio público, para que los padres con auto dejen a sus hijos en la puerta, en la escuela del gobierno porteño las redes de la comunidad afuera del aula no existen. En la ideología de Larreta no existe la comunidad.
Para Chang Sung Kim, el actor coreano, la escuela pública empezó con un beso de la maestra el día que lo recibió. Fue hace 50 años cuando llegó de Corea y ni él, ni su padre ni su madre hablaban el idioma. Su maestra se llamaba Telma, y ese beso, el de Telma, lo llevó más de cuatro décadas después a bancar a los maestros en la escuela itinerante montada para defender la educación durante la pandemia amarilla.

Para mí, la escuela también fue esa maestra que me sacó del cine con un ataque de llanto porque quizás ir a ver con el grado “Colmillo blanco” no había sido la mejor idea. Nunca pude entender cómo hicieron mis compañeros para quedarse. La trama para mí se había desmoronado cuando los lobitos bebés daban vueltas alrededor de su madre muerta por la caza furtiva.
Yo no me acuerdo del nombre de esa maestra, pero me acuerdo de su compañía esa hora y media hasta que la película terminó. Y me acuerdo también de los viajes en colectivo de Capital a Provincia, con Laura que vivía en Banfield o con Pamela que vivía en Avellaneda igual que yo. Todas nos encontrábamos en nuestra escuela de San Telmo. Pero el vínculo también se construía arriba del 100- ramal 3. Nuestro padres y madres tenían diferentes profesiones, oficios, calidad de vida. Pero adentro de la escuela todo eso se diluía.

En la escuela de Larreta hay segregación. Apenas empezada la pandemia, y ante la evidencia del daño que hizo que el gobierno de Mauricio Macri cuando desmanteló el Programa Conectar Igualdad, se hizo urgente solucionar la falta de conectividad de más de cinco mil chicos que no sólo no tenían su computadora, que durante el kirchnerismo había sido un derecho, sino que tampoco tenían conectividad. Mientras el presidente Alberto Fernández declaró esencial el servicio de internet, Larreta se emperraba en mandar a esos cinco mil chicos a la escuela. Cosa de que cualquiera que viera a un niño caminar con guardapolvo blanco sabía que ese niño estaba bien abajo del mapa social. Como una insignia de pobreza. Ahí no hacían falta ampliar veredas para que los autos pudieran estacionar. El gobierno nacional, que ante la urgencia de la vida se inclinó por preservarla, mandó las computadoras necesarias para que el gobierno de la ciudad las entregara. Pero no lo hizo. Como con los millones de vacunas contra el sarampión que dejaron vencer.

Insisto. En la idea de escuela de Larreta no hay comunidad. En la ideología de Larreta no hay comunidad. Tampoco hay presupuesto. Desde 2007 hasta hoy le sacaron diez puntos, según el propio Ministerio de Hacienda del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Pasaron veintidós años de cuando se estrenó en nuestro país “La vida es bella”, película noventosa que mucha gente tomó como modelo de referencia. En esa película tampoco hubo comunidad. Cuando su protagonista, en una de esas escenas que uno no sabe si traspasó al género de la comedia, se presta a traducir las órdenes que un nazi da en la entrada del barracón, da el mensaje totalmente distorsionado. Les niega a los prisioneros del campo de concentración la posibilidad de sobrevivir en el mejor de los casos. Porque hablaban italiano y no alemán. Y aunque pareciera un canto a la vida, el mensaje fue terrible. No está mal proteger a un hijo que sólo quiere llevarse un tanque a su casa para jugar con él en una Europa sumida en la guerra ¿quién puede cuestionar los métodos que quiera usar un padre o una madre para proteger a sus hijos? Pero el mensaje es terrible: esconder al hijo la tragedia de la que forma parte. Prescindir de redes de solidaridad con un otro. Crear un escenario imaginario donde en vez admitir la tragedia se la niega. No hay ternura. No importa cuánto de pintorezca pueda parecer una trama en donde en medio de un exterminio masivo había que sumar puntos para ganar un tanque. La vida es bella sólo cuando somos capaces de transmitirle a nuestros hijos que nuestras acciones siempre son sociales y que nadie se salva solo.

«La vida es bella» (1997, dirigida por Roberto Benigni)

Ese modelo ha calado hondo en la city porteña. Una parte importante de esos padres y madres, tallados por la construcción de sentido que nos dejó los noventa, recrean escenarios donde los maestros no se contagian, donde sus compañeros no se contagian y donde sumar y restar parece ser más importante que la vida.
Con Silvina Flores, de 53 años, vicedirectora de una escuela de la Ciudad de Buenos Aires ya son ocho los docentes muertos por Coronavirus en la ciudad porteña. Me pregunto cuántos chicos se quedarán sin un beso de bienvenida, o sin el consuelo cuando una película sea demasiado triste. No dejemos que rompan la comunidad educativa.

Que la vida es bella.

SUBTERADIO
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