Acoplando

Autos: Cuando el hombre superó a la máquina y al tiempo

POR CARLOS PELLEGRINI. TRABAJADOR DEL SUBTE JUBILADO. LÍNEA B

El título de esta nota no habla de Superman. Es en realidad la historia sencilla de un hombre sencillo, a quien la sensibilidad del Pueblo convirtió en leyenda.

Se llamó y se sigue llamando Roberto José Mouras, y fue corredor de Turismo Carretera (TC).

Nacido en Moctezuma (Partido de Carlos Casares, Provincia de Buenos Aires) el 16 de febrero de 1948, se convirtió en inmortal el 22 de noviembre de 1992 cuando sufrió un tremendo accidente en una carrera en Lobos, perdiendo la vida y consagrándose ganador, post mortem, de esa competencia.

Aunque, de la narración, esto último no es lo más importante. Debo brindar algunos datos deportivos antes de pasar a lo esencial.

En su pueblo natal, Roberto formaba parte de una familia que estaba un poquito mejor que la media. Aun así, fue criado para sentirse igual que sus compañeros más humildes. Iba a la escuela pública caminando, en bicicleta, o a caballo si llovía. Recorría esos 6 kilómetros desde su casa, y llegaba así cada día hasta el aula, vistiendo el igualitario y democrático guardapolvo blanco.

Algunos años después, la familia se mudaría a Carlos Casares, donde completó la escuela secundaria; siempre con su bajo perfil y su humildad.

Y aquí empieza la verdadera historia: este joven había nacido para pelearle a la velocidad.

Comenzó corriendo con un IKA Bergantín, luego con un IKA Torino en el TN (turismo nacional), y finalmente se sumó al equipo oficial de General Motors (Chevrolet) en 1974. A los dos años de haber comenzado, ya había ganado seis carreras seguidas en ruta (récord imbatible hasta la actualidad, y que nunca podrá ser igualado ya que las competencias en rutas dejaron de ser viables). Siguió un par de años más con la marca e hizo luego un paréntesis de tres años. Cuando volvió, en 1981, lo hizo con una coupe Dodge. Entonces hilvanó tres títulos seguidos (1983-1984-1985).

En 1986 vuelve a su viejo y gran amor: Chevrolet. Por aquel entonces, luchó y penó por los varios cambios de reglamento (entre nosotros, viejas trampas) de la A.C.T.C (Asociación Corredores de Turismo Carretera).

El “Toro” Mouras era un tipo frugal, de pocas palabras, educado y siempre atento para con sus numerosos seguidores.

Con sólo un dato y una anécdota se lo puede pintar de cuerpo entero. ¿El dato? Respondía absolutamente todas las cartas y atendía todos los llamados de sus fans: yo mismo lo he llamado a su concesionaria de Casares, después de algunas carreras. ¿Y la anécdota? Aquí va: en el circuito de Olavarría, un hombre de Tandil le acercó una foto para que la firmara, dedicada a su hija cuadripléjica. Roberto le pidió su dirección y a la semana apareció de sorpresa para conocer a esa niña, que sólo se contentaba cuando los domingos ganaba el “Príncipe” de Carlos Casares.

¿Y por qué la leyenda? En este deporte, como en muchos otros, hay cargadas y chicanas entre los hinchas, pero no existe la violencia. Cuando ese fatídico 22 de noviembre de 1992 la ambulancia que llevaba al “Toro” se abrió camino a paso lento, la multitud comprendió que un grande había partido.

Y no hubo diferencias de colores ni de marcas. El silencio sólo fue interrumpido por el llanto de los “teceístas”.

Más tarde, se supo que el corredor ayudaba anónimamente a las escuelas y al hospital de su terruño. Eso sí, les decía a sus amigos y colaboradores de las carreras que no dijeran nada.

Estas cosas y otras más, se conocieron recién cuando pasó a la eternidad.

Pasaron casi 28 años de su partida y cada año los homenajes son más grandes. Ese hombre, Roberto José Mouras, venció a la máquina y también al tiempo. Pocos logran ese honor.

Los valores morales y humanos superan al dinero.

 

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