LECCIONES LEGADAS POR LA TEMPORADA VIVIDA EN EL QUINTO PISO

POR GONZALO P. HERNÁNDEZ.

Reflexiones sobre “Diario de una temporada en el quinto piso”, el libro que Cristina Kirchner le regaló a Alberto Fernández.

Debería comenzar diciendo que estamos reflexionando acerca de un libro profundamente atípico. En primer lugar, se trata -como su nombre lo dice-, de un muy detallado diario de hechos transcurridos casi cuatro décadas atrás; llevado adelante metódicamente por un académico prestigioso que -según sus propias palabras- decidió abandonar por unos años la “torre de marfil” para sumergirse en el lodo de la gestión de las políticas públicas. Que decidió tras meditarlo largamente “ensuciarse las manos”, en el sentido sartreano del término (aprovechando que justo la obra del gran filósofo francés está siendo presentada en estos días en el Teatro San Martín).

Un texto que estaba -a priori- destinado a ocupar estantes en ámbitos universitarios, dirigido a un nicho específico de público especializado en la materia. Pero que, repentinamente, logró instalarse en la agenda política de la coyuntura en su más alto nivel; siendo obsequiado públicamente nada menos que por la vicepresidenta en ejercicio, Cristina Fernández de Kirchner, al primer mandatario Alberto Fernández[i]; en un claro mensaje sobre cómo lidiar con el Fondo Monetario Internacional en medio de una coyuntura económica critica, como la que vivió en los albores de la recuperación democrática el presidente Raúl Alfonsín.

Alberto Fernández junto a Cristina Kirchner.

Esta referencia explícita al libro realizada por Cristina, junto a otros comentarios previos realizados por otros referentes de la política y la economía, lograron convertirlo en un sorpresivo “best seller” de más de 500 páginas; debiendo ser reeditado al agotar rápidamente sus dos primeras ediciones. Y es que, sumergiéndose en sus muy amenas páginas -que invitan a ser devoradas rápidamente- se vuelve increíble comprobar su vigencia. La sensación que se tiene es la de estar leyendo los diarios del año 2022.

Antes de ingresar en el núcleo principal de la obra -el día a día de la gestión económica de Sourrouille al frente del Ministerio de Economía, entre los comienzos de 1985 y 1989-, es muy interesante leer a modo de introducción la crónica que hacía el autor en sincronía con la Guerra de Malvinas; en la cual llega a decir, a comienzos de mayo del 82, que un escenario de derrota absoluta para la Argentina ya ha quedado completamente descartado[ii]. Posteriormente a la finalización del conflicto, Torre admite haberse dejado llevar en ese momento por el entusiasmo generalizado que se observaba en el país en esos días, que había llevado a que prácticamente desde todos los sectores políticos -de derecha a izquierda- se cerraran filas con la “gesta” de la reconquista de las islas.

Habría que prestar atención también a la atracción que la figura de Alfonsín generó en 1983 en todo un sector intelectual que provenía del PC y de la izquierda, donde pueden ser mencionados especialmente Juan Carlos Portantiero y José “Pancho” Aricó, que habían fundado, tras ser expulsados del partido, los ya célebres “Cuadernos de Pasado y Presente”, que se destacaron por difundir en el país el pensamiento de Antonio Gramsci. Alfonsín había fundado la década anterior el Movimiento de Renovación y Cambio, al interior de la UCR, que se oponía a la línea histórica de la UCRP, que había hegemonizado por cuatro décadas Ricardo Balbín. El heredero político de éste era Fernando de la Rúa, quien fuera derrotado por Alfonsín en la interna presidencial.

Frente a la candidatura de Alfonsín, el PJ postuló la fórmula Lúder-Bittel, que expresaba una marcada línea de continuidad  con el gobierno de Isabel Perón previo al golpe militar de marzo de 1976 (“cuarto peronismo”, según la clasificación de Horowicz[iii]). De hecho, quien encabezaba la fórmula, Ítalo Luder, había ejercido la presidencia en 1975, durante la licencia solicitada por Isabel Perón[iv]. Con relación a ésta, sorprende leer que Saúl Ubaldini, en la primavera democrática; y siendo un referente de la línea más combativa de la CGT de la época, expresara que “tenemos conducción y es nuestra querida compañera Isabel Perón[v].

Raúl Alfonsín.

El inesperado triunfo obtenido por Alfonsín, que marcó la primera derrota electoral presidencial del Justicialismo -sin lugar a dudas favorecido por la quema del cajón de la UCR realizada por Herminio Iglesias (nada menos que el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires) en el acto de cierre de campaña del PJ– abrió el camino para una gestión radical que heredaría en la economía a muchos de los funcionarios que habían desempeñado dicha tarea durante la presidencia de Arturo Illia (1963-66). El elegido para el Ministerio de Economía sería Bernardo Grinspun, mientras que la presidencia del Banco Central quedó en manos de Enrique García Vázquez, en representación ambos de la línea orgánica del partido casi centenario.

Mientras dicha línea oficial tenía a su cargo la gestión económica del día a día -en una apremiante situación debida a la nefasta situación heredada de la última dictadura militar, con derrota catastrófica en Malvinas y un muy elevado endeudamiento externo -imposible de afrontar sin recurrir a la asistencia del omnipresente Fondo Monetario Internacional-; de forma paralela se creó otra área encargada del análisis económico a más largo plazo, denominada Subsecretaría General de Planificación. Este ámbito sería ocupado por un equipo liderado por Juan Vital Sourrouille, e integrado por un grupo de economistas que aportaría una visión diferente (denominada “tecnocrática por sus detractores”), entre los que se encontraban Adolfo Canitrot, Mario Broderson, Juan Sommer y un muy joven José Luis Machinea, que terminaría siendo uno de los protagonistas centrales de la historia. A este equipo, convocado por Canitrot, a quien conocía por haber compartido estudios, sería sumado el autor de la obra que nos convoca; prestigioso sociólogo recientemente doctorado en Francia por docentes de la talla de Alain Touraine, y deseoso de tener una participación de primera mano en la experiencia de la recuperación democrática de nuestro país.

Reconociendo no poseer una sólida formación económica a nivel personal, Torre asume la tarea de la redacción de los documentos generados por el área y de algunos de los discursos a ser pronunciados por Alfonsín. Durante esos años llevará un registro pormenorizado de las novedades, que quedarán volcadas en grabaciones de audio y epístolas dirigidas a su hermana, que continuaba viviendo su exilio europeo.

Nuestro protagonista reconoce, en las últimas páginas del libro, que este testimonio de su paso por el quinto piso del Ministerio de Economía podría no haber salido jamás a la luz. Y que incluso era este el deseo del recientemente fallecido Juan Sourrouille, que dejó en Torre la decisión final al respecto. También señala que la pandemia de coronavirus constituyó la excusa perfecta para desempolvar este material de los recónditos recovecos de su archivo de décadas[vi].

Cómo este grupo de economistas, al que luego también se sumó Pablo Gerchunoff, pasó en un año y medio a ocupar nada menos que ese protagónico quinto piso del Ministerio de Economía, tras el pedido de renuncia de Alfonsín a Grinspun (que no queda precisamente bien parado en estas páginas, hay que decirlo); cómo el equipo enfrenta en primer término las abiertas resistencias del partido a la implementación del muy exitoso – inicialmente – Plan Austral, contra la resistencia de Alfredo Concepción desde el BCRA[vii]; cómo lidia con la gestión irresponsable en términos presupuestarios de las empresas públicas (Conrado Storani es uno de los apuntados en este tema) y, finalmente, cómo las asonadas militares y los paros generales de la CGT redundan más temprano que tarde en concesiones económicas que atentan contra la solidez del plan, son los principales tópicos en los que discurren las páginas del texto.

Las sucesivas negociaciones con los acreedores privados (principalmente bancos de los EEUU) en un contexto de intento regional de desconocimiento de las deudas contraídas por los gobiernos dictatoriales; con el FMI (cualquier similitud con nuestra coyuntura no es precisamente una coincidencia); la interna del partido, donde no sólo la vieja guardia se opone al plan económico “heterodoxo” de Sourrouille -según la definición de Torre-, pero que pone fuerte énfasis en el combate contra la inflación mediante programas (de shock) de congelamiento de precios. También hay un espacio protagónico ocupado por los en ese momento jóvenes dirigentes de la famosa Junta Coordinadora Nacional, que reunía a personalidades de larga permanencia en la política nacional de las décadas siguientes: Enrique “Coti” Nosiglia, Leopoldo Moreau y Jesús Rodríguez, entre muchos otros. Este grupo también participó activamente de la oposición a la visión económica que emanaba del “Quinto Piso”, y con dirigentes también jóvenes del PJ como José Luis Manzano o Carlos Grosso, buscaron un acercamiento del gobierno con el sindicalismo peronista, que fortaleciera (supuestamente) su base de sustentación[viii].

Esto último se constituye uno de los hechos principales de los años en cuestión, según el análisis del autor. Mientras el Plan Austral (abiertamente defendido por Torre) había constituido uno de los pilares (junto con el juicio a las juntas militares, único en Latinoamérica; o el éxito inesperado de la resolución del conflicto del Canal de Beagle, mediante la realización de un plebiscito) del triunfo electoral de la UCR de las elecciones legislativas de 1985; una subestimación del peligro de una reaparición de la inflación, la amenaza siempre presente de alzamientos militares tras la rebelión de Semana Santa de 1987, y un intento de ponerle límites a los paros generales de la CGT; llevó al gobierno a acercarse al denominado “Grupo de los 15” de la CGT, ofreciéndole el Ministerio de Trabajo a Carlos Alderete, del Sindicato de Luz y Fuerza. La idea motora de esta decisión era debilitar el armado político del nuevo líder emergente de la autodenominada “renovación peronista”, Antonio Cafiero.

El cuadro de debilitamiento general del gobierno, con una gestión económica cada vez más denostada por propios y extraños; que sólo podía sostenerse haciendo concesiones a diestra y siniestra y que no hacían otra cosa que debilitarla aún más, llevó a que el gobierno fuera derrotado por el justicialismo en las elecciones legislativas de 1987.

A partir de esta derrota el deterioro se fue agravando rápidamente. Mientras en 1985 Alfonsín tenía en mente grandes proyectos, como una reforma constitucional que acercara nuestro presidencialismo al sistema de gobierno semipresidencialista francés (que incorpora la figura del primer ministro, a cargo de la gestión de la política nacional), y habilitara la reelección presidencial (esto se plasmará en parte posteriormente tras el Pacto de Olivos, con la reforma constitucional de 1994); la construcción del denominado “tercer movimiento histórico”, como superación del antagonismo bipartidista entre peronistas y radicales; y, finalmente, pero no menor ambicioso, el rápidamente archivado proyecto de traslado de la Capital Federal a la ciudad rionegrina de Viedma; a partir de la derrota del 87 el gobierno sólo se propuso intentar llegar del mejor modo posible a las elecciones presidenciales de 1989 y entregar finalmente la banda presidencial, en una sucesión democrática que no había tenido lugar en 60 años de historia.

En una cita explícita de Antonio Cafiero[ix], celebrando la ayuda que le había representado el acercamiento del gobierno con “Los 15”, Torre da cuenta de lo que considera el error estratégico del gobierno que terminó sacrificando el Plan Austral, y no trajo en compensación ningún beneficio equivalente.

El libro finaliza poniendo énfasis en el aporte que tuvo la figura de Carlos Menem, que se impone a fines de 1988 a Cafiero en la interna presidencial del PJ, en contribuir con un discurso populista exacerbado a la desestabilización económica de la gestión del gobierno, mencionando incluso el pedido explícito realizado por Domingo Cavallo en EEUU de cese de financiamiento al gobierno[x], afirmando que el justicialismo desconocería la deuda contraída por esa gestión.

Curiosamente, o no, el “último clavo en el ataúd” de la gestión de Sourrouille lo coloca el propio candidato presidencial de la UCR, el gobernador cordobés Eduardo Angeloz, que en marzo de 1989 reclama explícitamente su renuncia. Alfonsin, ante la imposibilidad de salir a descalificar públicamente al candidato de su partido a sucederlo en el sillón de Rivadavia, decide concederle el pedido. Con esta renuncia llegamos al final del libro. Un par de meses después Menem se impondría en las elecciones presidenciales, lo que completaría el cuadro de vacío de poder de Alfonsín, que se vería obligado a pactar con aquél una cesión adelantada de la banda presidencial, que se fijaría para el 8 de julio de ese año; en medio de un caos hiperinflacionario que no sólo había devorado en un par de meses la gestión en el Ministerio de Economía de Pugliese, sino también a su sucesor de emergencia Jesús Rodríguez.

Saúl Ubaldini Sec. General de la CGT – Juan V. Sourrouille, Ministro de Economía.

En estos días el diario La Nación publicó un par de notas seguramente inspiradas en este libro. En una de ellas, en la que el entrevistado es Machinea, justamente relatando su experiencia de gestión, primero, como segundo de Sourrouille y luego (desde 1986) al frente del Banco Central, narra lo siguiente sobre el final del gobierno: “Un día me llamó Alfonsín: José Luis, ¿Qué se puede hacer?, me preguntó. Estaba mal, mal porque la jugada que había hecho Menem era mostrar que todo iba a ser un desastre. Era incendiario. Después nos enteramos por qué era incendiario: porque el programa económico que iba a presentar él, con las privatizaciones, era imposible de pasar sin incendiar todo antes. Esa es la historia.

Una cosa es no decir la verdad de lo que uno va a hacer, que es lo que pasó en España con Felipe González, y otra muy distinta es tomar una decisión incendiaria para que todo se fuera al demonio de tal manera que el peronismo pudiera hacer ciertas reformas que de otra manera eran difíciles de pasar, como vender todas las empresas públicas. Cuando nosotros propusimos el ingreso de capitales privados a las empresas públicas el peronismo se negó. Y luego privatizaron. Y de la peor manera”, recuerda.[xi]

Esperemos que la coyuntura actual de debilitamiento extremo de la gestión de gobierno de Alberto Fernández no sea capitalizada una vez más por la derecha, como portadora de un cheque en blanco que la habilite a desempolvar lo peor de las recetas neoliberales de salida a la crisis política y económica. Esto significaría que una vez más no hemos aprendido nada de nuestro pasado, y solamente nos obstinamos en repetirlo.


[i]En este punto debería observar que ese obsequio me resultó al menos llamativo, ya que el libro en cuestión es una abierta apología a la responsabilidad fiscal (limitar el déficit público) y al intento de controlar la inflación: todo lo contrario al discurso que ha venido expresando CFK en los últimos años, denunciando estas políticas como ortodoxas e inevitablemente recesivas.

[ii]Torre, Juan Carlos, Diario de una temporada en el quinto piso, Edhasa, Buenos Aires, 2022, pág. 32.

[iii]Horowicz, Alejandro, Los cuatro peronismos, Edhasa, Buenos Aires, 2015

[iv]“El 13 de septiembre de 1975 la presidenta Martínez solicitó licencia por motivos de salud, asumiendo Luder, la primera magistratura del país, hasta el 17 de octubre, en que regresaría la presidenta. Durante su ejercicio de la presidencia, Luder firmó los decretos 2770, 2771, y 2772 creando un Consejo de Seguridad Interior integrado por el presidente y los jefes de las fuerzas armadas, y extendiendo a todo el país la política de «aniquilar» el accionar de los «elementos subversivos» que había sido iniciada pocos meses antes, con el Operativo Independencia desarrollado en Tucumán.”. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Ítalo_Luder

[v]Torre, Juan Carlos, obra citada, pág 93.

[vi]Idem anterior, pág. 503.

[vii]Presidente del BCRA entre el 19 de febrero de 1985 y el 25 de agosto de 1986, cuando fue reemplazado por José Luis Machinea. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Alfredo_Concepción.

[viii] Cualquier similitud con La Cámpora en estos días queda aquí librada a la visión del lector.

[ix]Torre, Juan Carlos, obra citada, pág. 424.

[x]Idem anterior, pág. 4.

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