LA CASTA RIOPLATENSE

POR RICARDO ROJAS AYRALA, SECRETARIO DE CULTURA ADEF,

(Que salvará el bosque, las civetas, los océanos,

las bestias celestes, Venecia, el yuyaral y la humanidad)

de Ricardo Rojas Ayrala

¿Quiénes son LA CASTA? ¿Qué hacen? ¿Dónde viven? ¿Qué piensan? ¿Qué sueñan? ¿Qué porfían? Al fin todas las respuestas definitivas a estas preguntas urgentes. Este libro es básicamente una guía de campo para identificar, sin una pizca de duda, a la Casta Rioplatense. Así podemos salir a la calle con la confianza absoluta de que se distinguirá uno por uno y para siempre quiénes son, en este mismo instante, los máximos responsables de todos los males y, por qué no, de todas las bendiciones del Río de la Plata.

Ese soñador que pasa con una garrafa al hombro. Aquella inocente que introduce la espada afilada en el cuarto de los locos. Dos niños embarrados que han visto fantasmas de veras. El almacenero, gordo, que agrega peso a su bolsita de pan y da consejos divertidísimos a los jornaleros con pancartas. La ruidosa que duerme en la enfermería y está más sana que King Kong.

Es un ensayo social, pero también un tratado irónico, en el que conviven la lucidez y el humor corrosivo, el festejo desmesurado y la profundidad, la belleza y el sentimentalismo disparatado de la web, todo ello con un estilo iconoclasta, siempre jaranero, tan cómplice y cercano. Una narrativa ultrabreve de Ricardo Rojas Ayrala que nos sorprendente y llena de encanto, que se lee de un tirón una y otra vez.

LA CASTA RIOPLATENSE

El circunspecto empleado del mes, de gafitas, que sabotea los obsequios más tiernos, caros e irresistibles con la minuciosidad de los tranviarios.

*****

Tres mamarrachos en la Matanza, montando un bo­rrico, que se burlan de nosotros, se zampan alcoholes con pimienta roja embebida en vitrolo y hacen gestos.

*****

Y entonan los himnos órficos a voz en cuello. Po­bretones que cruzan el río crecido, a la altura de las desgracias, y tienen dos corazones mansos, cada uno, para campear las amargas circunstancias.

*****

La inocente perpetua que introduce, con sigilo, la espada afilada en el cuarto de los locos.

*****

Si no fuera trágico sería comiquísimo. Vistosos espí­ritus de albañal de lunáticas peroratas que, enfundados en trajes de gala, hacen la misma tontería experimental.

*****

La deliciosa y paradójica parejita de la habitación infinitamente silenciosa.

*****

El bárbaro original que extravió la ruta de los esta­llidos y extraña varios modos esmerados del caserío, de antes, en la vigía silenciosa de los topógrafos rurales.

*****

El sarcástico que pasa con una garrafa al hombro, llena, y desarrolla un frondoso mundo interior.

*****

El almacenero, gordo, que agrega peso a su bolsita de pan y da consejos divertidísimos a los jornaleros con pancartas.

*****

Y las cuarenta fábricas mudas donde los dioses ya no están. Confesos bestiales que, impasibles y ajenos, en el desorden de las cosas se han vuelto incapaces de ofrendar su cuerpo a lo irremediable.

*****

El cariacontecido que hace un pozo y no recuerda exactamente para qué era. Mientras cuelga la pala.

*****

¿Y por qué esos misterios populares no nos estarían alcanzando para nada? El perturbado del puente levadi­zo que atestigua lo cotidiano como un ciervo golpeado por un rayo.

*****

La parásita contradictoria que interviene en todas las fantasías —en los suburbios en pugna— y se sobrepasa.

*****

La retraida que recuerda al atravesar la descampada fraternal, tal vez, que en la misma Pompeya donde un tal Gneo Alleo apenas estuvo aquí, otro: Successus, el tejedor, ama a una camarera llamada Iris.

*****

Y ya sabes lo irrazonable del trabajo industrial, de lo real, del trabajo en el campo y de los infiernos lógicos. La exploradora que tuesta tejón, o ganso, cuán consi­derada entre los enigmas,

*****

El muchacho adorado que cae, barranca abajo, y continúa murmurando.

*****

El comedido atroz que no desea trepar ninguna nue­va pirámide más, por favor.

*****

La ultrajada incesante que se le hiela la sangre al volver a secretear con este tipo de criminales suplentes.

*****

Teniendo, además, tanta facilidad con los gallitos de la medianera. Un ciego minucioso, de los barrios alejados, que vuelve a ver y pone un puesto de baratijas.

*****

La bella prisionera y el viejo erudito que juegan una partida infinita, de dominó o algo así, como si nos sobrara el tiempo, las consignas y los espejos.

*****

La émigré del altoparlante que pide auxilio, ante las infinitas desdichas, con un donaire irrepetible en los cicutales con gimnastas.

*****

La cófrade, del mismo grupo sanguíneo, que no se nos parece en lo más mínimo y toma té como un ángel en lucha por los paseos. Y sin embargo.

*****

Un esotérico subalterno de Berisso que insiste con los clásicos y azuza al personal.

*****

La alterada turba de obreros del carbón que también piden pan y frutas.

*****

El guardián del norte, tan amigo del pueblo, que se ha extraviado de nuevo.

*****

Esos cuatro gatos locos que equivocan los fármacos en las situaciones ridículas que nos enorgullecen.

*****

Casi a mediatarde, después de arrojarnos al mundo. ¡Y al requetefresquete de los días por venir! Los muertos que vienen del Chascomús universal y se enfurecen con los barrenderos tan depresivos.

*****

Y el corazón, además, es el que no viene a pensar los intereses de las naciones. Aquellos yacientes, ingenuos, que contemplan la luz y se dan por satisfechos.

*****

Uno, palaciego y grandánime, que tiene un cacharro wifi general en la mano, frente a los camareros, y está conectado con el más allá.

*****

El falso profeta que grita, a voz en cuello, y ni se perciben las huellas de las siete fieras inexpresables que dice haber enfrentado.

*****

La abuelita hierática que busca su bestia de asisten­cia, francesa, en la cola del supermercado que tiene las legumbres más baratas.

*****

El primo más joven del amante, de la señora de los gatos de la calle Gurruchaga, que cree tener poderes y dobla cucharas tan encaprichado.

*****

Desenchúfenlo todo, vamos, rápido. La muchachita de los secretos que finge trozar un pollo, recién sacado del empaque, en los pedidos exiguos.

*****

Los animados contertulios del fondo, inferiores y superiores, que estropean las vísperas salvajes.

*****

La émigré del altoparlante que pide auxilio, ante las infinitas desdichas, con un donaire irrepetible en los cicutales con gimnastas.

*****

La desahuciada que, en el retintín de los sordos collares de los apestados, no vislumbra una zona de venganzas en el océano de gente.

(…)

Extraido de LA CASTA RIOPLATENSE, de Ricardo Rojas Ayrala, narrativa ultrabreve, Evaristo Editorial, Buenos Aires, noviembre de 2025.

Ricardo Rojas Ayrala nació en Buenos Aires, Argentina. Es un trabajador que escribe. Su obra literaria, que consta de 19 libros de poesía, relato y novela, se publicó en México, Italia, El Salvador y Argentina. Es secretario de Cultura del Sindicato de Empleados de Farmacia (ADEF). Con Marta Miranda dirige el Festival Internacional VaPoesía Argentina de literatura e inclusión. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Participa en encuentros y festivales culturales en diversos países como España, Cuba, El Salvador, Uruguay, Camerún, México, Bolivia, Ecuador, Costa Rica, Guatemala, Chile, Venezuela y Argentina. Entre otros reconocimientos obtuvo el Tercer Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Fue honrado con el Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias. Resultó finalista del V Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora. Fue ganador del Premio Latinoamericano de Literatura de la Unam. Resultó uno de los ganadores del concurso internacional “Papeles de la Pandemia”, convocado por la revista digital Letralia, tierra de letras, con su libro “Cantos de la Peste”. Parte de su obra ha sido publicada en diversas antologías, revistas literarias y sitios web de Emiratos Árabes, España, Cuba, México, Venezuela, EEUU, Colombia, Chile, Brasil, Camerún, Costa Rica, El Salvador, Nepal, Italia y Argentina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *