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Cuentos Subterraneos – Prologo

Como escribe en el prólogo el entrañable Juan Sasturain , es curioso –tal vez no tendría por que serlo”, pero poco menos de una docena de trabajadores del subte se pusieron a escribir cuentos, otro tanto pero esta vez media docena se pusieron a pintar para terminar haciendo una obra literaria y plástica que es orgullo de nuestro sindicato y sorprende a laburantes de otras organizaciones. Creemos que estas acciones promueven que los compañeros se vayan animando a publicar sus expresiones artísticas que son dignas de admiración. Las clases subalternas tienen mucho para dar, no solo en el campo de batalla por su subsistencia, sino para liderar los cambios culturales que la humanidad merece para ser feliz en su conjunto.
Parece tan lejano cuando el compañero Norberto Filippo trajo esta idea, pero verlo reflejada hoy en el papel nos hace feliz .
Por eso junto a nuestro querido y recordado José Luis Montenegro, Juan Pablo Riggio, Pablo Dilauro, Melisa Rojas, Amon-Aim, Alejandro Ortiz, Orlando Masgratta, Lucas Carmona, Ariel Crivelli, Susana Pena, Antonio Salgado, Alfredo Bueno, Gisela Delmont, Misterio Rodriguez, Zion, Kike Ferrari y el gran Guido Rodriguez dimos el primer paso para que estas obras se conviertan en costumbre.

Tano Pisani

Prologo por Juan Sasturain

Subterráneos, las horas pozo

Es curioso –tal vez no tendría por qué serlo- pero en estos vigorosos relatos escritos por trabajadores del subte porteño casi no se viaja; más aún, casi no existe un registro de la actividad cotidiana regular, el ir y venir incesante que posibilitaría –podríamos suponer- el apunte costumbrista, el registro de la heterogeneidad de los viajeros, la multitud de historias que se tejen tácitamente con las decenas de miles de personas que cada día se cruzan sin encontrarse, muy juntos pero aislados, cada uno en su mundo personal, casi sin interactuar. Claro, tal vez sea precisamente por eso: nada podría pasar allí que no fuera factible / imaginable en la superficie; más aún: pasa menos, por ser un lugar de tránsito, un pasillo infinito.

Es que, como si fuera un museo, un cementerio o un parque de diversiones, el subte se convierte en escenario digno de ser narrado fuera de uso y horario, cuando se vacía, queda convertido en hueco, tierra de nadie donde Todo puede pasar, en las horas pozo, digamos.

Por eso, en la inmensa mayoría de estos cuentos, túneles y andenes del subterráneo porteño son escenario, medio o disparador de historias en que –nocturnamente- lo fantástico irrumpe en la cotidianeidad de personajes desequilibrados por la paranoia, el desamparo o la simple y perversa casualidad. Los límites entre la experiencia real y la alucinación o el sueño se difuminan cuando el encierro, la oscuridad y el aislamiento proponen sus equívocas coordenadas. A esa hora y en esas circunstancias, todos los trenes son trenes fantasmas. Y el resultado en estimulante.

Que una organización gremial haya llevado adelante la iniciativa de convocar al conjunto de los trabajadores a escribir historias vinculadas a su tarea diaria o sugeridas por su ámbito laboral es un gesto saludable en todo sentido. La lucha gremial implica poner el cuerpo, pero también se participa con la imaginación. Sobre todo con ella, diría.

Bienvenidos entonces los narradores del subte. Hay muchos túneles para contar.

Noviembre del 2016

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