SERRAT Y PENÉLOPE

POR ALFREDO BUENO, GUARDA DE LA LÍNEA A.

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Joan Manuel Serrat se despide de los escenarios y para los que hemos vivido el tumultuoso siglo XX, él fue un emblema no sólo musical, sino también político y social.

El “galleguito”, como le decía, “Pichuco” Troilo, de manera paternal, cuando compartía su voz de gorrión y zorzal con el mítico bandoneón del tango.

El que se paseaba por la Bombonera y por todos los lugares de nuestra conciencia de adolescentes activistas en épocas de apertura democrática, y también por la casa de nuestra niñez.

Al que escuchábamos de forma clandestina cuando la dictadura silenciaba su voz en todos los medios de comunicación, silencio que no llegaba a los discos que teníamos en casa.

Y así mientras viajábamos, hacíamos el amor, descansábamos, nos enamorábamos, el tipo -el galleguito- nos llenaba la vida en complicidad familiar, como ese tío preferido al que sentíamos un referente.

El tiempo, sin darnos cuenta pasó “veloz y ligero”, y fuimos saltando de vereda en vereda hacia nuestro destino, observando las pendientes y subidas de nuestro país a las que el “Nano” -el mismo “galleguito”- ya desconocía.

Y fuimos poniéndolo en la picota de sus declaraciones, en el nuevo “mundo raro” de su actual ideología, de la misma manera que lo agarrábamos del cuello a su compadre Sabina en medio del vendaval neoliberal.

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Lo volveremos a ver en su gira de despedida por Argentina, tal vez lo observemos como si Penélope se reencontrara con Ulises, y no lo reconozcamos al “galllegito”, de puro capricho nomás, por cierto resentimiento de traición.

Tal vez en nuestro imaginario, podamos reencontrarlo como el juglar de Miguel Hernández y Antonio Machado, que vuelve de un mal sueño para decirnos con la frente alta casi parafraseando al “Diego”: “Yo pude haber sido cuestionado por mi actual pensamiento y lo estoy pagando; pero el pentagrama y la poesía no se manchan”.

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