Acoplando

Un cuento con fotos: Encuentro con el Gaucho Márquez

POR VÍCTOR LEONEL PÉREZ. AUXILIAR DE ESTACIONES DE LA LÍNEA «D» DEL SUBTE.

Ese día Ricardo se sentía muy nervioso, su profesor le había encomendado, para la tesis de la carrera de periodismo, realizar «la mejor nota». Pensó y pensó, pero no se le ocurría nada, hasta que tuvo la idea de escribir algo sobre los pueblos de la provincia y su relación con el ferrocarril, una temática que siempre le había interesado.
Un amigo le comentó que conocía a un señor entrado en años de familia ferroviaria, que lo podría ayudar: lo llamaban «el Gaucho» Márquez. Le sugirió que se acercara a la estación Callao de la línea D del Subte, ya que era peón de limpieza y alrededor de las 6am seguramente lo encontraría barriendo o cambiando las bolsas de basura de la estación.
Al día siguiente, Ricardo puso el despertador a primera hora y fue al encuentro del hombre. Cuando bajó a Callao, personal del lugar le indicó en qué sector lo encontraría. Se acercó, lo saludó, y el Gaucho muy amablemente pero un poco sorprendido, le dió los buenos días.
Ricardo le comentó del amigo en común que tenían, cruzaron algunas palabras, y quedaron en hacer una entrevista más tranquilos a las 13hs en el bar «Los Galgos» de Callao y Lavalle.
El estudiante de periodismo llegó en punto, estaba realmente ansioso. Al minuto, llegó también el Gaucho y le estrechó la mano, Ricardo le explicó (esta vez con más detalle) que necesitaba hacer una nota, mezcla con entrevista, sobre los pueblos y el ferrocarril, por lo que su experiencia le resultaría muy valiosa. Al instante, al Gaucho se le piantó un lagrimón y comenzó a compartir su historia.

Le contó que él había nacido en un pueblito del Partido de 9 de Julio llamado Patricios, en el cual pasó una infancia maravillosa y llena de hermosos recuerdos. De joven, junto a sus padres, debieron mudarse a la gran urbe dejando el campo, ya que el tren dejaría de funcionar, y según les habían dicho no volvería más. Su padre era ferroviario y de un día para el otro, fue notificado de su inmediato traslado hacia Buenos Aires. Dejaron todo atrás casi sin haber tenido tiempo de procesarlo.
Entre sollozos, se animó a contarle también que aún en la actualidad le daba mucha pena la idea de volver a su pueblo, y que después de cuarenta años no se animaba a visitarlo. Ricardo, sin pensarlo mucho le dijo:
-¿Y si vamos? ¡vamos! Yo quiero conocer su lugar, además me sirve para la nota que tengo que hacer. Dele Gaucho, vaya a cargar un bolsito y lo paso a buscar por su casa-
-No, no, pibe. Casi no me conocés, además es mucho viaje y ya no queda nada ni nadie que yo conozca allí-
Ricardo le dió ánimos, le habló para convencerlo, y después de un rato, el Gaucho finalmente aceptó hacer el viaje. En auto, tomaría unas cuantas horas pero podrían ir y volver en el día.

Emprendieron el viaje tomando mate, intercambiando anécdotas y escuchando la radio AM de fondo.
Al llegar y después de pedir algunas indicaciones a los pueblerinos, pudieron visitar el antiguo taller ferroviario donde el padre del Gaucho trabajaba.
Volvieron los viejos recuerdos donde él, de chico, jugaba entre esas vías. El olor a gasoil, las estopas, el vapor de las locomotoras que allí se alistaban y salían a la línea a cumplir servicio, y tantas otras cosas. De repente, el Gaucho se acercó a Ricardo, lo abrazó fuerte, y entre lágrimas le dijo con la voz entrecortada:
-Gracias pibe por convencerme y traerme al pueblo, por volver a recordar todo esto, este lugar y lo que tuve el placer de poder vivir acá-
Al salir del taller, recorrieron las cuatro callesitas del pueblo y el Gaucho invitó a Ricardo a tomar un vermut en el club del lugar. El hombre esperaba encontrar a algún pariente de Don Fortuna en el buffet, pero el antiguo cantinero ya no era conocido para los actuales habitantes del pueblo y lo único que tenían era gaseosa y papas fritas. Aún así, disfrutaron ese momento entre risas y charla.

Al atardecer, emprendieron la vuelta a la ciudad, y al llegar ya entrada la noche, se despidieron con un abrazo, palmadas de afecto y un «hasta otro encuentro».

Las semanas pasaron y el día para entregar la tesis finalmente llegó, Ricardo debía exponer su «mejor nota», la historia que tenía para contar, y los nervios lo invadían. Ya en el escenario, divisó en el último asiento del salón de actos al Gaucho Márquez, se sintió sorprendido y feliz al mismo tiempo, y con un gesto de la mano lo invitó a acercarse. Lo presentó ante el público con una gran sonrisa y una seguridad que no había sentido antes, y dijo bien fuerte: «este es mi trabajo, mi tesis…»

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