Acoplando

ROSA LUXEMBURGO: Quién fue la mujer revolucionaria que nombran las feministas

POR JÉSICA CAMPOS. TRABAJADORA DEL SUBTE.

Antes de que termine marzo, me gustaría hablar de las mujeres que fueron invisibilizadas a lo largo de la Historia y sobre todo del espíritu revolucionario de una de ellas que ningún libro pudo encerrar. Todo está interconectado.

El 8 de marzo de 1917 (o 23 de febrero, según el calendario juliano que se utilizaba en Rusia) las obreras textiles de Petrogrado, en el distrito de Vyborg, salen a manifestarse en contra de las consecuencias de la Primera Guerra y en grupos llaman a los demás trabajadores de las fábricas a sumarse. Dos días después, se vive ya una huelga general. «¡Abajo la guerra!», «¡Pan para los obreros!». Reclaman, también, por el derecho al voto que viene resonando fuerte en los distintos Congresos y Conferencias Internacionales de las Mujeres Socialistas. Derecho que por primera vez obtienen.

Esta fecha durante décadas estuvo asociada a los gobiernos de izquierda. Así que a finales de 1960 movimientos globales decidieron que había que reinventar su origen y lo terminaron transformando en un día festivo. Así lo adapta la ONU en 1975. Pero es muy distinto regalar flores en honor a las mujeres muertas en un incendio que reivindicar las huelgas y protestas de las mujeres que fueron la chispa de la Revolución de Febrero que terminó con el régimen Zarista.

No es casualidad que las hayan querido borrar de la historia. Pero con Rosa Luxemburgo, una de las tantas voceras en defensa del voto femenino, como bandera a levantar dentro del conjunto de la clase obrera, no pudieron.

Rosa Luxemburgo nace el 5 de marzo de 1871, en Zamość, Polonia. Fue una teórica marxista que no se quedó solo con las letras muertas plasmadas en un Manifiesto, las llevó a las calles y las hizo carne. Porque el verbo necesita acción. Aún así su militancia no puede desprenderse de su producción intelectual, vinculada estrechamente al internacionalismo, el reformismo y la autodeterminación de los pueblos. Fue admirada y repudiada, al mismo tiempo, por sus ideas. Libre y condenada por la revolución.

Desde muy pequeña sufrió una enfermedad de la cadera que, mal diagnosticada, le produjo una leve renguera que le duró toda su vida. Pero en las fotos se la ve de pie, apasionada y demandante, delante de las masas. Rosa puso el cuerpo y dió la vida. Porque a los 15 descubrió cuál era el motor de la Historia y al lado de quién había que estar: sus camaradas del Movimiento Socialista. Así que en 1897, luego de graduarse como Doctora en Ciencias Políticas, se traslada a Alemania para formar parte del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), centro político de la Segunda Internacional. Ahí conoce a Clara Zetkin, pionera del movimiento de mujeres, con quien forjará una amistad. Juntas, años más tarde, le harán frente a la dirección socialdemócrata.

Tras la Revolución Rusa de 1905, la primera gran explosión social en Europa después de la derrota de la Comuna de París, Rosa empieza a escribir artículos y se transforma en vocera de la experiencia rusa. Hasta que por fin logra llegar a Varsovia para participar de forma directa.

Rosa Luxemburgo coincidía con Trotsky y Lenin. Defendiendo que la clase trabajadora debía ser protagonista en la lucha contra la burguesía liberal. Esto abría varios debates. El más intenso giraba en torno a la huelga política de masas. El ala más conservadora de los dirigentes sindicales negaba la necesidad de la huelga general. Mientras que el «centro» del partido la consideraba como una herramienta únicamente defensiva. Rosa cuestiona el conservadurismo y el gradualismo de esa posición en su folleto «Huelga de masas, partido y sindicatos», escrito, desde la cárcel, en 1906.

La primera traición del partido la sufre el 3 de agosto de 1914, cuando el Imperio alemán le declara la guerra a Rusia. No hay oposición. Al día siguiente, el Reichstag aprueba su financiamiento y el partido declara una tregua con el gobierno, prometiendo abstenerse de declarar huelgas. Por esta razón, Rosa junto a Karl Liebknecht, Franz Mehring y otros militantes, fundan la Liga Espartaquista. Escribieron gran cantidad de panfletos firmados como «Espartaco», en honor al líder de la mayor rebelión de esclavos de la República Romana.

En 1916 Rosa publicó «El folleto de Junius». Una afilada crítica a la socialdemocracia y la necesidad de una nueva Internacional. Retomando una frase de Friedrich Engels, afirma que si no se avanza hacia el Socialismo solo queda la barbarie. «En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista», escribe.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht denuncian que en nombre de la «defensa nacional» mueren miles de trabajadores en las trincheras. Juntos representaban la lucha contra la guerra imperialista, el combate contra el militarismo alemán y la denuncia de las capitulaciones de la socialdemocracia. Era más de los que muchos, dentro y fuera del partido, estaban dispuestos a soportar.

A esto se le suma la Revolución Rusa de 1917. Ahí la Liga Espartaquista, inspirada en los soviets, comenzó a operar en favor de un curso similar, es decir, un gobierno basado en consejos locales de trabajadores.

Después de la renuncia del Kaiser («emperador» en alemán) durante la Revolución Alemana en noviembre de 1918, comienza un período de inestabilidad que dura hasta 1923. Ya el 9 de noviembre de 1918, desde un balcón del Palacio Real de Berlín, Karl Liebknecht declaró, muy tempranamente, a Alemania una República Socialista Libre. Sin embargo, esa misma noche, Philipp Scheidemann del SPD estableció que era una República Alemana.

Se vivía entonces una situación de doble poder. Por un lado, el aparato oficial del Estado, y por el otro, los consejos de obreros y soldados. La decisión para el ala derechista era sencilla: frenar la revolución y liquidar a los espartaquistas, lo más radicales. Hacía días que la prensa lanzaba amenazas e insultos contra Rosa Luxemburgo, dirigente de la Liga Espartaquista y el recién fundado Partido Comunista Alemán (KPD).

El Capitán Pabst dio las órdenes y el operativo se llevó a cabo el 15 de enero de 1919. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron arrestados y trasladados a la sede de la Guardia de Caballería de los freikorps, cuerpos paramilitares y contrarevolucionaros de ese momento. Rosa fue asesinada por un tiro en la cabeza. Luego arrojaron su cuerpo al Landwehrkanal, donde apareció flotando cuatro meses después. A Karl lo fusilaron horas antes en un parque cercano. El mismo trágico destino le esperaba a miles de espartaquistas y obreros revolucionarios.

Años después, en 1962, el Capitán Pabst se jactó del operativo: «Yo participé, en aquel entonces, en una reunión del KPD, durante la cual hablaron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Me llevé la impresión de que los dos eran los líderes espirituales de la revolución, y me decidí a hacer que los mataran. Alguien tenía que tomar la determinación de ir más allá de la perspectiva jurídica (…) Defiendo todavía la idea de que esta decisión también es totalmente justificable desde el punto de vista teológico-moral».

A 150 años de su nacimiento, Rosa Luxemburgo sigue siendo una referente dentro del movimiento socialista. Las masas obreras le han dado ese lugar y a ellas ha dedicado sus últimas palabras, escritas la noche de su muerte:

«El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución».

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